vendredi 9 juin 2023
ARDE CUBA EN LA FERIA DE POESÍA DE PARÍS
lundi 29 mai 2023
CINCO NUEVOS POEMAS DE 2023
samedi 14 mai 2022
CARTAS A UNA MADRE URUGUAYA
lundi 12 octobre 2020
LA POESÍA DE FIESTA CON LA NOBEL GLÜCK
Por fin después de muchos años y tras experimentar una grave crisis, la
Academia Sueca volvió a enderezar su camino inclinándose esta vez por la
literatura no comercial o mediática y otorgar su galardón de 2020 a una
poeta neoyorquina de 77 años poco conocida en el mundo, aunque ha
obtenido en Estados Unidos las principales distinciones y el
reconocimiento crítico de sus pares.
Louise Glück (1943), la mayoría de cuyos libros han sido publicados en
español por la editorial Pre-textos, y ha sido estudiada y traducida por
la gran poeta mexicaan Pura López Colomé, solo vendió a lo máximo 200
ejemplares el año pasado en el ámbito hispanoamericano, según relata el
editor hispano Manuel Borrás, quien está de plácemes por la sorpresiva e
inesperada noticia que premia la fidelidad de esa casa a la obra de la
estadounidense. Entre sus libros figuran El iris salvaje, Averno, Ararat
y Las siete edades, todos ellos traducidos por nuevos poetas
hispanoamericanos.
La profesora de literatura en Yale New Haven, que aborda temas
personales y autobiográficos en sus poemas escritos con un lenguaje
sencillo y accesible, se une a la lista de autores que saltan de súbito a
la fama mundial gracias al Nobel, después de ejercer su oficio
literario a lo largo de muchas décadas. Pertenece a una generación
marcada por la posguerra y la revolución cultural estadounidense
caracterizada por la lucha antirracial y pacifista de los años 60 y 70 y
el posterior auge del movimiento feminista.
Fue conmovedor hace 16 años descubrir a la antecesora de Glück, la poeta
polaca Wislawa Szymborska (1923-2012), quien al parecer se enteró de
que había sido premiada mientras lavaba sus platos en la cocina de su
modesta vivienda y apareció ante la prensa con la candorosa modestia de
los sabios poetas que nunca han esperado nada. También fue el caso de
Tomas Transtörmer (1931-2015), el poeta sueco afásico que permanecía
desde hacía décadas en una silla de ruedas, pero seguía escribiendo sus
poemas con las señales de humo de su mirada.
Los escritores, especialmente los poetas, no escriben para buscar fama,
premios, dinero y honores sino porque sienten la necesidad instintiva de
expresarse a través de las palabras desde temprano, cuando descubren el
misterio de la existencia. Muchas veces la infección literaria llega
por un libro que cae por casualidad en las manos, depositado allí por un
familiar, amigo o maestro o por las circunstancias, cuando la soledad
se ilumina con las páginas leídas, dotando de sentido a la vida hasta
entonces gris y sin sentido.
Dedicarse a la literatura es uno de los caminos más azarosos y quien
cruza el umbral sabe que ese ejercicio es un nutrimento personal y
secreto que interesa a muy pocas personas en el mundo. Vivir entre
libros y lograr escribir una obra es ya de por si un premio maravilloso.
Cada libro es una botella al mar y esta vez los escritos y publicados
por Louise Glück inician un nuevo camino y viajarán hacia nuevos
lectores en todo el mundo. Algo inesperado para ella.
El premio a Glück es un símbolo, pues en muchas partes del mundo hay
poetas que pueden merecer la máxima distinción literaria mundial y esta
noticia es un reconocimiento para todos los que buscan expresar con
palabras sensaciones originales, estados de ánimo cambiantes,
revelaciones e iluminaciones súbitas frente al estupor y misterio de ser
y estar en el mundo, girando alrededor del sol y en una esquina de la
galaxia.
Los poetas del mundo son antenas alertas de la vida y la existencia,
escrutadores del milagro, rastreadores de las comunicaciones que los
humanos establecemos con animales, ríos y árboles, mares, huracanes y
cascadas en los acantilados. También, como Glück, los poetas tratan de
explicarse o comunicar el misterio del deseo, el amor, la separación, la
amistad, el odio, la locura y descifrar los códigos de comunicación o
los silencios del extraño animal Homo sapiens.
Alguna vez el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1901-1992) dijo
que la “poesía es la única prueba de la existencia del hombre” y el
poeta francés Joë Bousquet (1897-1950), que pasó casi toda su vida
paralítico después de resultar herido en la Primera guerra mundial,
definió con claridad que la “poesía es el testimonio de lo que somos sin
saberlo”. Ninguno de los dos obtuvo el Nobel mereciéndolo, pero cuando
un poeta o una poetisa como Glück lo recibe de vez en cuando, el premio
se vuelve para todos al unísono y es una fiesta.
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samedi 13 avril 2019
RABAT
Extraño crepúsculo
Fugitivo aroma de araucarias
Entre las redes de una antigua necrópolis
Bajo cúpulas de fabulosas mezquitas
Ocres centenarios entre nubes
La joya del reino silenciosa
Es un gigantesco diamante
De opalinos fulgores orientales
Sobre aguas detenidas en estanques
Que un muecín anunció desde la aguja
De su indecible plegaria
La lenta quietud de los milenios
Mana de sus rocas y sus lámparas
Guerras reinados terremotos
Solo eco de siglos insinúa
Al teólogo lector de los coranes
Así la transparencia del tiempo
Así la espada del destino
Rabat 9/XI/98
vendredi 12 octobre 2018
LA POESÍA DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR
Desde las tardes cafeteras en el Fumaillon de la Place D ´Italie, hasta las noches rocambolescas en los Noctámbulos de la Plaza Pigalle, pasando por las laderas del distrito 13 de París o las tenidas en la calle Campoformio, he tenido el privilegio de vivir la poesía andante de Eduardo García Aguilar y en esos andares, presagiar la trashumancia del poeta, esa que se amalgama con los recorridos de sus pies de camello urbano y la vehemencia de su hablar: pies y hablares que son el movimiento mismo de sus frases, el sentido de su trashumancia castellana, a veces vigorosa como sus pasos de animal grande; y a veces tierna como sus silencios que rellenan la conversación, como nos pasa a los amigos y cómplices cuando los interiores del día se aplacan y quedan en la mesa las conversaciones no dichas, las identidades implícitas.
Sí lo es Eduardo: dromómano declarado, pero no en el desatino de los locos viajeros y sus fugas del siglo XIX ni tampoco en la enfermedad de Rousseau, sino en su ir y venir entre espacios y circunstancias para contarnos en la urdimbre dedicada y metódica de su poesía, lo que va dejando o retomando en sus caminos, que son los del alma sensible del viajero que ausculta las piedras y las caras del mundo, con el estetoscopio de su corazón.
¿Solitario ser que se poetiza él antes que nada como personaje de sus imágenes, relatos y metáforas?
Quizás… Pero no solo con esa soledad subjetiva, por llamarla de alguna manera, sino con la otra, la soledad objetiva del periodista, del reportero que observa para contar, así estas sus historias de su Poesía Reunida sean trazos, pinceladas u oleos enteros de su espíritu errante, crónicas tachonadas con la hermosura de la poesía, donde Eduardo cuenta pero también revela lo que intuimos, su espíritu, su opinión, su modo de ver la escena de la vida.
En Roma o Manizales, instala sus amores de frases, sus desamores, eso que a veces llaman fracasos y que para el poeta son más bien las escaleras iluminadas que conducen al hombre de adentro, al que piensa bellamente para escribir de igual modo.
Trasiega los sitios abiertos, los vastos lugares del periplo, y emprende en cada tiempo de su pensar aventuras que se cuenta y que nos cuenta. Palpa las delicias, paradoja, de ser extranjero y vuelve y menta de manera recurrente, porque así es el paisaje de sus sueños, el partir, los regresos, los caminos mismos, la piel sensible de los monumentos, en Coyoacán o en Lisboa.
Como buen dromómano le interesa ir pero quizás nunca llegar, sabe que el circo es feliz cuando se desplaza y no cuando encuentra un destino para quedarse. Tal vez es partícipe de aquella dolorosa pero al tiempo encantadora frase del dromómano que sabe que en su fuga bien puede entender que “quiero estar dónde no estoy” y que es justamente yendo como se decanta el tiempo para que no pase y para que él, a punta de frases y palabras vaya construyendo la poética de su arqueología del instante.
Practica en su vida y en su obra el arte de estar lejos, el destierro profundo y voluntario de un exilio de lo obvio y acude magistralmente a la historia de los tiempos del día, de las estaciones de tiempos o de trenes. Nos imbuye de sus sentidos que palpan lo que puede ser una primavera o una amistad.
Y al escribirnos, nos da su conocimiento que a veces resulta erudición , como cuando se instala en el teatro griego de Siracusa y sin mencionarlo nos hace sentir que Platón está ahí, medrando el momento de revelarse.
Lo veo, lo siento, compaginando su poesía con “la grande nuit” en la agencia France Press, esperando que sea la hora de salir por los vericuetos del vino para ponerse a manteles de la charla, de la amistad de las sombras, así sea para una vez más decirnos de su pasión por la antigüedad, por lo clásico.
Pero, resultado, todo ese tráfago anciano que carga, resulta en su lenguaje poético de una modernidad inaplazable.
Al leerlo no pocas veces siento como si estuviera ahí, frente al vino rojo de la calle Moufetard, metido en la máquina que elabora libres asociaciones, como si su mente estuviera mirando naves espaciales en el mexicano Montealbán, y su vertiginosa mirada observara abismales volcanes.
Y todo para, al rato, hablarnos de la conspicua historia humana, él, por supuesto, también lleno de preguntas que no quiere responder porque le basta solo enunciarlas para hacerlas más duras, más irresolubles. Y eso como arte poética: el no responder ni responderse, o por el contrario, de repente invadirnos con su avalancha de palabras.
Y detrás de todo este trasunto, el trabajo. Mucho trabajo literario en el vivir y en el escribir.
Eduardo el hombre de las fugas, a veces del hastío, del retorno en no pocas ocasiones eterno, peregrino de dolores y desastres a punto de ocurrir, pero que nunca se desatan. Un hombre, un poeta poco asaltado por las manías del rumbo, quizás con la certeza de que el fin del mundo ya pasó y no nos dimos cuenta.
Vivos, muertos, escritores, pintores, poetas habitantes de los desvanes de su memoria, todos van en su carro. Hasta Lord Quijano, hasta una canción inesperada. Van las experiencias de la suya, una vida entera, en el sentido de haberla vivido y vivirla de manera completa. Y ese sentimiento de sensibilidad y conmoción por la distancia, y sobre todo aquella no recorrida.
La de la respiración femenina, las bebidas añejas en las grandes bodegas subterráneas y los cafés cerrados en los difusos bulevares a la hora de salir, a las tres de la mañana…
Movimiento hacia todos los destinos, incluido allá donde mora un recuerdo lastimero de la infancia. Y tanto nos sorprende y tanto nos conmueve como cuando leo entre sus textos de esta poesía reunida, esta admonición, esta síntesis del viaje vital:
MAGIA
Frente a la sorda
terrenalidad dominante,
forcejea la magia
levantándose.
* Publicado en Pulzo. Bogotá. 4 de mayo de 2017.
* La música del juicio final. Poesía completa (1974-2016). Uniediciones. Colección Zenócrate. 2017.
vendredi 4 décembre 2015
EL VUELO DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR: ANIMAL SIN TIEMPO
Por Hernán Lavín Cerda
¿Quién es Eduardo García Aguilar? Ni él mismo lo sabe, por fortuna. Si lo supiera en su Colombia de los orígenes, en México o en Francia, la Francia de Voltaire, Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, donde respira y sueña desde hace ya varios años, dejaría de ser lo que es, lo que fue y lo que ha llegado a ser: un poeta, un taumaturgo, un aprendiz de brujo cuya escritura pertenece al reino de las visiones pulsionales y compulsivas, allí donde la monarquía plebeya y absoluta reside únicamente en el Arte de la Palabra que no se agota en la superficie o en el fondo del tiempo, porque ni el tiempo ni el fondo existen. Sólo es real la inquietud o más bien la perspicacia de esa palabra que investiga y va explorando en las profundidades del ser.
Creo que García Aguilar pertenece a la estirpe volteriana: es un animal de rebeldía quijotesca. Se instala y se desinstala. Puede darse el lujo de ser extranjero hasta del tiempo en el que vive, pero no se exilia de sí mismo porque lleva su identidad a cuestas, y dicha identidad es la leche materna del lenguaje de Hispanoamérica. Errante y forastero que va y viene por este mundo tan equívoco, tan bello, tan cruel y tan esquivo, este poeta no habita en el espacio de la extranjería absoluta. Desde el milagro del idioma común, reconoce a sus abuelos, sus padres y sus hermanos. Instalado en las alturas de su departamento, muy cerca de la Place d’Italie, Eduardo aparece junto a la entrañable Maricruz: cuánta simpatía, amistad y grandeza humana. Lo mismo pienso de Oriana, sí, de Orianita, su hija, a la que vimos crecer en México, y que hoy es una muy buena estudiante en la Universidad de La Sorbonne. Nuestro querido poeta, novelista, ensayista y periodista, deambula por París como a través de los bulevares que cruzan la palma de su mano, esa mano del corazón. Y aquel París real e imaginario es también Manizales, arriba, en su Colombia natal, y sin duda es México.
Desde la dimensión del estilo a lo largo de su escritura, alcanzo a percibir, al menos, tres huellas. La de su prosa de ficción, equilibrada pero asimismo exuberante, y muy expresiva. Dionisos palpita desde abajo, gradualmente, hasta tocar la orilla de una intensidad casi grotesca y perturbadora. Pienso en algunos pasajes de su novela Tequila Coxis, editada en el 2003. Es el mundo nocturno y amenazante de la ciudad de México, no muy lejos del centro histórico, allí donde todo puede suceder: el alcohol del delirio que va transfigurándose, paso a paso, en un orden sintáctico de índole expresionista. El color y el espíritu sinuoso del vino se mezclan con el espíritu y el color no menos sinuoso de la sangre. Entonces aparecen los cronistas vespertinos, más bien nocturnos, y aquellos personajes de dudosa condición moral que se protegen bajo la sombra indomable de sus guaruras. Escribo estas líneas mientras descubro en la bioquímica de la memoria esas imágenes grotescas de Otto Dix, aquel inolvidable artista plástico nacido en Untermhaus, cerca de Gera, en Turingia, a principios de diciembre de 1891.
La segunda huella estilística es más mesurada, pero sin que desaparezcan la temperatura y el brillo. Basta con leer cuidadosamente su biografía Voltaire. El festín de la inteligencia (Panamericana Editorial, Bogotá, 2005). En “La estatua viviente”, primer capítulo del libro, Eduardo García Aguilar escribe: “A unos metros del río Sena, en una pequeña y añeja encrucijada que abre la calle del mismo nombre, junto a la Academia Francesa, se ve la estatua de cuerpo entero de Francois Marie Arouet, Voltaire, rodeada por diez semicírculos floridos, en un modesto jardín que pasa inadvertido al transeúnte. Voltaire se contempla allí esquelético, como siempre, con el brazo alargado y un libro asido en la mano, trajeado con una clámide griega, con peluca y pícaro rostro demacrado de eterno enfermo que duró ochenta y cuatro años, de 1694 a 1778. El propio Voltaire bromeaba sobre su escuálida contextura y reía ante la posibilidad de que el escultor Pigalle fuese a plasmarlo en la piedra, cuando ya no había carnes que esculpir. Según él mismo decía, sólo quedaba de él una patética piel resquebrajada que se adosaba a sus huesos adoloridos. Hasta el final, en su nutrida correspondencia, Voltaire jugueteó con sus males y se describía como un moribundo con un pie en la tierra y otro en el catafalco. Incluso se autocalificaba de momia”.
La tercera huella escritural se hace visible en su poesía bajo el título de Animal sin tiempo, publicado recientemente por Editorial Praxis, ese refugio que mantiene contra viento y marea el poeta y profesor de la UNAM Carlos López, en medio de un ámbito donde a menudo se busca la venta rápida con cualquier tipo de libro. Sin desprenderse del todo de la estética romántico-modernista, García Aguilar escribe sus tercetos, cuartetos o sextetos de verso semilibre y acentuaciones muy sonoras. De pronto puede interrumpir la puntuación en beneficio de la presencia rítmica: es una escritura adjetival, asonántica a veces, y con un vigor aliterante. Un ejemplo del texto “Papeles del loco” es elocuente:
“En la humedad de estaciones heladas de esquí/o en la primaveral cristalinidad perlática del riachuelo/ fluyen estados de ánimo en superficies de flor y lodo/ y con palabras incrustadas en cuevas paulatinas/ se oye el sonido de las imprecaciones acuosas/ la goteante liturgia de la lluvia y su poema”. Un tono semejante se observa en “Máscaras”, que compone la tercera sección del volumen. Aquí el “crisol metafórico”, tal como se dice en el poema “Herrera y Reisig se arroja al Tequendama”, se extiende por todos los textos. Transcribo el segundo y tercero de los tercetos en alejandrinos: “Fantasmales pegasos en extrañas galaxias/ saludarán la eterna sinalefa poética/ y una palabra más convocará quimeras// La inquieta esfera sideral taciturna/ bajo efecto de alcohol ardiente como nieve/ te llevará al centrípeto crisol metafórico”.
En otras composiciones, el tono es contemporáneo o posterior a la vanguardia. Aparecen textos reveladores y ya sin ataduras. La historia o microhistoria se desarrolla, anecdóticamente, a través de la sustancia del idioma, y el poema se encarna en esencia y existencia desde el fondo. He aquí algunas líneas en verso libre del texto “Regreso a Trocadéro con Boltansky”, sí, Christian Boltansky, ese artista de las instalaciones que vino al mundo en 1944, cuando aún no terminaba la Segunda Guerra Mundial. El poeta escribe: “Es 13 de septiembre de 1998/ 475 días antes del año 2000/ Trocadéro está nublado y frío esta tarde/ tras de la exposición/ ¿explosión?/ de Boltansky/ Escalofriantes fotos de adolescentes suizos/ muertos hace tiempo/ adosadas a puertas de sarcófagos uniformes de metal/ Camas cubiertas de sábanas blancas como sudarios/ bajo el neón de la anestesia/ lechos enfermos catres gélidos/ Ropas viejas con olor a tiempo ido/ a sudor fiebre muerte/ Objetos perdidos cascos sombrillas radios zapatos/ paraguas llaveros bacinicas carteras/ botas relojes bastones radios/ paquetes envueltos en celofán/ Cámaras fotográficas muñecas abrigos para niñas/ autos de juguete bolsas de dulces corazones perdidos/ vidas perdidas tiempo perdido/ Es domingo y en lo alto de la Torre Eiffel/ parpadea la gigantesca cuenta regresiva/ 475 días antes del año 2000”. Quisiera transcribir por completo el poema “Western Hotel”, que me parece, como varios a lo largo del volumen, de alta temperatura y digno de aparecer en alguna película de los hermanos Ethan y Joel Coen, pero me muerdo la lengua porque el tiempo es implacable.
A pesar de la mordedura, aquí va el texto: “En cada cuarto sudores y alegrías lágrimas y hastío/ ¿Cuántos murieron allí poco a poco en noches de exilio/ esperando mensajes transatlánticos o nombramientos?/ Agitados tal vez por la huida después de un crimen/ o por el llanto del desamor con el cuerpo herido de abandono/ Uno a uno miles tomaron la llave y subieron por escalinatas/ sin oír el crujido de las maderas viejas y polvorientas/ hambrientos o hastiados de hamburguesas baratas/ mientras afuera en la calle Leavenworth zumbaba el viento/ Arriba ellos a través de cortinajes amarillentos/ con cigarrillo y dedos untados de nicotina/ miraron el techo cegados por la bujía o la desnuda coreana/ Recién llegados de un país lejano/ casi siempre de Oriente o Europa o Sudamérica/ o de alguna ciudad estadounidense con asesino múltiple/ tiraron sus cuerpos sobre colchones fríos/ como sudarios a la hora del amanecer y gritaron sin gritar/ al preguntar por la razón de este incesante viaje/ Ebrios o bajo el efecto de la yerba/ pulidos marchitos hastiados de amor o deseantes/ escucharon el rugir de la calle/ y el ágil taconeo de los atracadores/ En la esquina de los chinos alguien comió chop suey/ y pagó tres dólares cincuenta con monedas/ y más allá un negro vendió la última dosis/ Pero también en el 507/ dos alemanas bellas trenzaron sus cuerpos/ en el 403 Phil y Michael mordieron sus cuellos sin condones/ en el 201 la gorda suspiró por un camionero sucio/ en el 101 Gina y Luis celebraron la adolescencia marchita/ con tequila y sexo agitados lamiéndose sin percibir el hielo/ Raúl se vino solo y gimió en éxtasis hambriento/ El viejo solitario del 313 tosió y tosió hasta la muerte/ mientras Georges el dueño seducía en la recepción/ al efebo pirómano con palabras de huérfano griego/ Cada día distinto e igual con su ir y venir de maletas/ lavamanos goteantes duchas oxidadas sillas cojas/ Frank Sinatra cantaba desde algún radio viejo/ Humphrey Bogart y Lauren Bacall discutían/ desde la pantalla chica/ Cada noche en espera del nuevo aventurero/ o del estafador húngaro de 38 años con su blues a cuestas/ Desamados y amados y vueltos a amar y a desamar/ en tránsito hacia la nada desde la nada y por nada/ mientras sonaba la sirena de la ambulancia/ con un nuevo cadáver hacia la morgue/ o un pederasta recién acuchillado/ entraba a la patrulla en Castro Street/ Van Ness Leavenworth Market Mission Strawberry Hill/ Tenderloin luces intermitentes en rascacielos/ Bruma desde el Golden State y una luna gigantesca/ Todo al unísono en el delirio del drogadicto del 707/ una noche cualquiera de abril”.
Escritura desde la médula, convulsa y fuertemente expresiva: cercana a la prosa de atmósfera. Se suspende la puntuación y cada vocablo se comunica con el anterior o el posterior a través del roce. Escritura de roce material, sí, de combustión cada vez más matérica. Sólo diré que vislumbro a Enrique Lihn allí adentro, con su libro A partir de Manhattan; pienso también en aquel tono de Roberto Bolaño que aparece en su volumen Los perros románticos, o aun descubro mi sombra en aquella serie “Visiones de Nueva York”, dentro de mi antología poética en verso y prosa Música de fin de siglo. Cuánta energía en “Western Hotel”. Sin duda que sus líneas no son caramelos envueltos en celofán. La temperatura es aquí muy distinta. Naufraga la visión grecolatinizante del equilibrio clásico, aunque Aristófanes me desmienta, parcialmente, y con razón y temperamento festivo y hasta sarcástico.
“Ten cuidado y no te metas entre las patas de los caballos de Aristófanes”, me dijo alguna vez Nicanor Parra en su casa de La Reina, allá en Santiago de Chile, mientras se reía con su cara de monje taoísta o tal vez de loco. Saludo desde México al poeta, novelista y ensayista Eduardo García Aguilar, y lo felicito por lo que imagina, escribe, siente y sueña. Nos veremos al menor descuido en aquel París de ayer y de siempre, con Nora del Carmen, ¿casi Nora de aquel fantasma de Joyce?, y Maricruz y Oriana y los amigos, y ese clavel todavía húmedo sobre la tumba de Julio Cortázar, nuestro Julio inolvidable, sin duda. D’accord?
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El vuelo de Eduardo García Aguilar: Animal sin tiempo.
Por Hernán Lavín Cerda