vendredi 4 décembre 2015

EL VUELO DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR: ANIMAL SIN TIEMPO



    Por Hernán Lavín Cerda

    ¿Quién es Eduardo García Aguilar? Ni él mismo lo sabe, por fortuna. Si lo supiera en su Colombia de los orígenes, en México o en Francia, la Francia de Voltaire, Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, donde respira y sueña desde hace ya varios años, dejaría de ser lo que es, lo que fue y lo que ha llegado a ser: un poeta, un taumaturgo, un aprendiz de brujo cuya escritura pertenece al reino de las visiones pulsionales y compulsivas, allí donde la monarquía plebeya y absoluta reside únicamente en el Arte de la Palabra que no se agota en la superficie o en el fondo del tiempo, porque ni el tiempo ni el fondo existen. Sólo es real la inquietud o más bien la perspicacia de esa palabra que investiga y va explorando en las profundidades del ser.

    Creo que García Aguilar pertenece a la estirpe volteriana: es un animal de rebeldía quijotesca. Se instala y se desinstala. Puede darse el lujo de ser extranjero hasta del tiempo en el que vive, pero no se exilia de sí mismo porque lleva su identidad a cuestas, y dicha identidad es la leche materna del lenguaje de Hispanoamérica. Errante y forastero que va y viene por este mundo tan equívoco, tan bello, tan cruel y tan esquivo, este poeta no habita en el espacio de la extranjería absoluta. Desde el milagro del idioma común, reconoce a sus abuelos, sus padres y sus hermanos. Instalado en las alturas de su departamento, muy cerca de la Place d’Italie, Eduardo aparece junto a la entrañable Maricruz: cuánta simpatía, amistad y grandeza humana. Lo mismo pienso de Oriana, sí, de Orianita, su hija, a la que vimos crecer en México, y que hoy es una muy buena estudiante en la Universidad de La Sorbonne. Nuestro querido poeta, novelista, ensayista y periodista, deambula por París como a través de los bulevares que cruzan la palma de su mano, esa mano del corazón. Y aquel París real e imaginario es también Manizales, arriba, en su Colombia natal, y sin duda es México.

    Desde la dimensión del estilo a lo largo de su escritura, alcanzo a percibir, al menos, tres huellas. La de su prosa de ficción, equilibrada pero asimismo exuberante, y muy expresiva. Dionisos palpita desde abajo, gradualmente, hasta tocar la orilla de una intensidad casi grotesca y perturbadora. Pienso en algunos pasajes de su novela Tequila Coxis, editada en el 2003. Es el mundo nocturno y amenazante de la ciudad de México, no muy lejos del centro histórico, allí donde todo puede suceder: el alcohol del delirio que va transfigurándose, paso a paso, en un orden sintáctico de índole expresionista. El color y el espíritu sinuoso del vino se mezclan con el espíritu y el color no menos sinuoso de la sangre. Entonces aparecen los cronistas vespertinos, más bien nocturnos, y aquellos personajes de dudosa condición moral que se protegen bajo la sombra indomable de sus guaruras. Escribo estas líneas mientras descubro en la bioquímica de la memoria esas imágenes grotescas de Otto Dix, aquel inolvidable artista plástico nacido en Untermhaus, cerca de Gera, en Turingia, a principios de diciembre de 1891.

    La segunda huella estilística es más mesurada, pero sin que desaparezcan la temperatura y el brillo. Basta con leer cuidadosamente su biografía Voltaire. El festín de la inteligencia (Panamericana Editorial, Bogotá, 2005). En “La estatua viviente”, primer capítulo del libro, Eduardo García Aguilar escribe: “A unos metros del río Sena, en una pequeña y añeja encrucijada que abre la calle del mismo nombre, junto a la Academia Francesa, se ve la estatua de cuerpo entero de Francois Marie Arouet, Voltaire, rodeada por diez semicírculos floridos, en un modesto jardín que pasa inadvertido al transeúnte. Voltaire se contempla allí esquelético, como siempre, con el brazo alargado y un libro asido en la mano, trajeado con una clámide griega, con peluca y pícaro rostro demacrado de eterno enfermo que duró ochenta y cuatro años, de 1694 a 1778. El propio Voltaire bromeaba sobre su escuálida contextura y reía ante la posibilidad de que el escultor Pigalle fuese a plasmarlo en la piedra, cuando ya no había carnes que esculpir. Según él mismo decía, sólo quedaba de él una patética piel resquebrajada que se adosaba a sus huesos adoloridos. Hasta el final, en su nutrida correspondencia, Voltaire jugueteó con sus males y se describía como un moribundo con un pie en la tierra y otro en el catafalco. Incluso se autocalificaba de momia”.

    La tercera huella escritural se hace visible en su poesía bajo el título de Animal sin tiempo, publicado recientemente por Editorial Praxis, ese refugio que mantiene contra viento y marea el poeta y profesor de la UNAM Carlos López, en medio de un ámbito donde a menudo se busca la venta rápida con cualquier tipo de libro. Sin desprenderse del todo de la estética romántico-modernista, García Aguilar escribe sus tercetos, cuartetos o sextetos de verso semilibre y acentuaciones muy sonoras. De pronto puede interrumpir la puntuación en beneficio de la presencia rítmica: es una escritura adjetival, asonántica a veces, y con un vigor aliterante. Un ejemplo del texto “Papeles del loco” es elocuente:
“En la humedad de estaciones heladas de esquí/o en la primaveral cristalinidad perlática del riachuelo/ fluyen estados de ánimo en superficies de flor y lodo/ y con palabras incrustadas en cuevas paulatinas/ se oye el sonido de las imprecaciones acuosas/ la goteante liturgia de la lluvia y su poema”. Un tono semejante se observa en “Máscaras”, que compone la tercera sección del volumen. Aquí el “crisol metafórico”, tal como se dice en el poema “Herrera y Reisig se arroja al Tequendama”, se extiende por todos los textos. Transcribo el segundo y tercero de los tercetos en alejandrinos: “Fantasmales pegasos en extrañas galaxias/ saludarán la eterna sinalefa poética/ y una palabra más convocará quimeras// La inquieta esfera sideral taciturna/ bajo efecto de alcohol ardiente como nieve/ te llevará al centrípeto crisol metafórico”.

    En otras composiciones, el tono es contemporáneo o posterior a la vanguardia. Aparecen textos reveladores y ya sin ataduras. La historia o microhistoria se desarrolla, anecdóticamente, a través de la sustancia del idioma, y el poema se encarna en esencia y existencia desde el fondo. He aquí algunas líneas en verso libre del texto “Regreso a Trocadéro con Boltansky”, sí, Christian Boltansky, ese artista de las instalaciones que vino al mundo en 1944, cuando aún no terminaba la Segunda Guerra Mundial. El poeta escribe: “Es 13 de septiembre de 1998/ 475 días antes del año 2000/ Trocadéro está nublado y frío esta tarde/ tras de la exposición/ ¿explosión?/ de Boltansky/ Escalofriantes fotos de adolescentes suizos/ muertos hace tiempo/ adosadas a puertas de sarcófagos uniformes de metal/ Camas cubiertas de sábanas blancas como sudarios/ bajo el neón de la anestesia/ lechos enfermos catres gélidos/ Ropas viejas con olor a tiempo ido/ a sudor fiebre muerte/ Objetos perdidos cascos sombrillas radios zapatos/ paraguas llaveros bacinicas carteras/ botas relojes bastones radios/ paquetes envueltos en celofán/ Cámaras fotográficas muñecas abrigos para niñas/ autos de juguete bolsas de dulces corazones perdidos/ vidas perdidas tiempo perdido/ Es domingo y en lo alto de la Torre Eiffel/ parpadea la gigantesca cuenta regresiva/ 475 días antes del año 2000”. Quisiera transcribir por completo el poema “Western Hotel”, que me parece, como varios a lo largo del volumen, de alta temperatura y digno de aparecer en alguna película de los hermanos Ethan y Joel Coen, pero me muerdo la lengua porque el tiempo es implacable.

    A pesar de la mordedura, aquí va el texto: “En cada cuarto sudores y alegrías lágrimas y hastío/ ¿Cuántos murieron allí poco a poco en noches de exilio/ esperando mensajes transatlánticos o nombramientos?/ Agitados tal vez por la huida después de un crimen/ o por el llanto del desamor con el cuerpo herido de abandono/ Uno a uno miles tomaron la llave y subieron por escalinatas/ sin oír el crujido de las maderas viejas y polvorientas/ hambrientos o hastiados de hamburguesas baratas/ mientras afuera en la calle Leavenworth zumbaba el viento/ Arriba ellos a través de cortinajes amarillentos/ con cigarrillo y dedos untados de nicotina/ miraron el techo cegados por la bujía o la desnuda coreana/ Recién llegados de un país lejano/ casi siempre de Oriente o Europa o Sudamérica/ o de alguna ciudad estadounidense con asesino múltiple/ tiraron sus cuerpos sobre colchones fríos/ como sudarios a la hora del amanecer y gritaron sin gritar/ al preguntar por la razón de este incesante viaje/ Ebrios o bajo el efecto de la yerba/ pulidos marchitos hastiados de amor o deseantes/ escucharon el rugir de la calle/ y el ágil taconeo de los atracadores/ En la esquina de los chinos alguien comió chop suey/ y pagó tres dólares cincuenta con monedas/ y más allá un negro vendió la última dosis/ Pero también en el 507/ dos alemanas bellas trenzaron sus cuerpos/ en el 403 Phil y Michael mordieron sus cuellos sin condones/ en el 201 la gorda suspiró por un camionero sucio/ en el 101 Gina y Luis celebraron la adolescencia marchita/ con tequila y sexo agitados lamiéndose sin percibir el hielo/ Raúl se vino solo y gimió en éxtasis hambriento/ El viejo solitario del 313 tosió y tosió hasta la muerte/ mientras Georges el dueño seducía en la recepción/ al efebo pirómano con palabras de huérfano griego/ Cada día distinto e igual con su ir y venir de maletas/ lavamanos goteantes duchas oxidadas sillas cojas/ Frank Sinatra cantaba desde algún radio viejo/ Humphrey Bogart y Lauren Bacall discutían/ desde la pantalla chica/ Cada noche en espera del nuevo aventurero/ o del estafador húngaro de 38 años con su blues a cuestas/ Desamados y amados y vueltos a amar y a desamar/ en tránsito hacia la nada desde la nada y por nada/ mientras sonaba la sirena de la ambulancia/ con un nuevo cadáver hacia la morgue/ o un pederasta recién acuchillado/ entraba a la patrulla en Castro Street/ Van Ness Leavenworth Market Mission Strawberry Hill/ Tenderloin luces intermitentes en rascacielos/ Bruma desde el Golden State y una luna gigantesca/ Todo al unísono en el delirio del drogadicto del 707/ una noche cualquiera de abril”.

    Escritura desde la médula, convulsa y fuertemente expresiva: cercana a la prosa de atmósfera. Se suspende la puntuación y cada vocablo se comunica con el anterior o el posterior a través del roce. Escritura de roce material, sí, de combustión cada vez más matérica. Sólo diré que vislumbro a Enrique Lihn allí adentro, con su libro A partir de Manhattan; pienso también en aquel tono de Roberto Bolaño que aparece en su volumen Los perros románticos, o aun descubro mi sombra en aquella serie “Visiones de Nueva York”, dentro de mi antología poética en verso y prosa Música de fin de siglo. Cuánta energía en “Western Hotel”. Sin duda que sus líneas no son caramelos envueltos en celofán. La temperatura es aquí muy distinta. Naufraga la visión grecolatinizante del equilibrio clásico, aunque Aristófanes me desmienta, parcialmente, y con razón y temperamento festivo y hasta sarcástico.

    “Ten cuidado y no te metas entre las patas de los caballos de Aristófanes”, me dijo alguna vez Nicanor Parra en su casa de La Reina, allá en Santiago de Chile, mientras se reía con su cara de monje taoísta o tal vez de loco. Saludo desde México al poeta, novelista y ensayista  Eduardo García Aguilar, y lo felicito por lo que imagina, escribe, siente y sueña. Nos veremos al menor descuido en aquel París de ayer y de siempre, con Nora del Carmen, ¿casi Nora de aquel fantasma de Joyce?, y Maricruz y Oriana y los amigos, y ese clavel todavía húmedo sobre la tumba de Julio Cortázar, nuestro Julio inolvidable, sin duda. D’accord?




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El vuelo de Eduardo García Aguilar: Animal sin tiempo.
Por Hernán Lavín Cerda




lundi 24 novembre 2014

LA ALEGRÍA DE LEER A EVODIO ESCALANTE

Por Eduardo García Aguilar
Acabo de terminar un excelente libro de ensayos sobre Octavio Paz, de Evodio Escalante (1946), uno de los pensadores más originales y eruditos de México, quien ha mantenido vivo el espíritu de la crítica en ese país.
En Las sendas perdidas de Octavio Paz, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana y Ediciones Sin Nombre en 2013, establece un diálogo con el gran poeta y ensayista que obtuvo el Premio Nobel en 1990, a lo largo de siete ensayos minuciosos donde no solo muestra el conocimiento profundo de la cultura mexicana, latinoamericana y universal, sino de filosofía y filología, lo que le permite conversar de tú a tú con el irascible maestro de los mexicanos (1914-1998), cuya obra enorme y brillante nos impresiona a comienzos del siglo XXI.
Este año se celebra el centenario de Octavio Paz, quien nació en pleno tiempo de la Revolución Mexicana, y tuvo como tantos otros que vivir en carne propia los efectos de la violencia. Su padre fue un rebelde zapatista que dejó su rango familiar para aliarse con los revolucionarios y murió arrasado por un tren en el norte de México, lugar hasta donde el joven Paz va con su madre para recuperar el cadáver despedazado. Durante ese largo viaje en busca del cuerpo del padre, el casi niño Paz ve a lo largo del camino, mientras avanza el tren hacia el norte, muchos hombres colgados en los árboles y los postes.
Desde muy temprano Paz se entrega a la literatura, pero en sus años juveniles ejerce una poesía comprometida que lo lleva a conocer a Pablo Neruda (1904-1973), convertirse en su discípulo y a viajar a España invitado por el autor del Canto General a un congreso de republicanos que luchaban contra los avances de la derecha franquista. Entonces solo tenía 23 años y ya había experimentado en el sur de México, en Yucatán, las tareas del compromiso social con los campesinos de su país. Al regresar a México, efectúa su primera ruptura con ese maestro, lo que cuenta y analiza con lujo de detalles Evodio Escalante, en uno de los episodios más importantes de este libro.
Escalante también analiza varias rupturas, ingratitudes y reconciliaciones claves del autor del laberinto de la Soledad y Libertad bajo palabra, entre otros libros. La primera es la ruptura secreta de Paz con su mentor mexicano, el gran maestro Alfonso Reyes (1889-1959), quien lo animó en su primeros pasos y le abrió con generosidad el camino para publicar sus obras y obtener un sólido reconocimiento. La ingratitud de Paz con el generoso maestro, que estuvo a punto de obtener el Premio Nobel y fue en cierta forma el Octavio Paz de su época y un protéico autor de miles de escritos fundamentales como El deslinde e Ifigenia Cruel, llegó hasta el extremo de tratar de excluirlo de la antología Poesía en Movimiento que publicó en su momento el Fondo de Cultura Económica, bajo la dirección del infatigable Paz, entonces diplomático en Oriente.
Evodio Escalante cuenta en detalle la historia de esa lucha interior con el maestro Reyes, a quien también quiso matar como a Neruda para poder eclosionar como autor original, y rastrea con exactitud las huellas innegables que la obra del viejo dejó en el joven Paz y que él trata por todos los medios de ocultar, como ocultó a su vez la utilización de los conceptos filosóficos de Martin Heidegger, de los que ya tenían conocimiento autores mexicanos anteriores a Paz en México, pero que el Nobel usa muchas veces sin citar en El arco y la lira.
También nos introduce en la primera repulsión paciana de los surrealistas, a quienes detesta inicialmente por escapistas y la posterior alianza con los mismos, al encontrar en ellos en París una actitud subversiva que lo marcó, pues para él sería más importante la rebelión como acto demoledor inconsciente y onírico, que los propios frutos literarios surgidos de la misma.
Otro aspecto importante del libro de Evodio Escalante es el estudio de la relación de Paz con la gran generación de Los Contemporáneos, a la que pertenecieron brillantes personajes de otra generación anterior mexicana, como Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia, a quienes también Octavio Paz debe muchos de sus primeros impulsos y preocupaciones, lo que dejó registrado en varios ensayos.
Es una delicia seguir a Escalante en este diálogo de admiración y crítica que nos lleva hasta el estudio riguroso de su obra poética, los vasos comunicantes de la misma con la mexicanidad prehispánica y las temáticas orientalistas, así como con las rupturas modernas. Octavio Paz, ya consagrado y seguro de haber escrito una obra magna, avanza en sus rupturas y experimentaciones iniciadas desde los primeros poemas comprometidos de Raíz del Hombre y la Estación violenta, hasta la cumbre de Piedra de sol y los experimentos colectivos de Renga o ya de manera personal, en Pasado en claro y en Árbol adentro, que sus lectores disfrutamos hoy como nunca.
Lo bueno de este libro es que hablamos, nos peleamos y nos reconciliamos con el maestro Paz, pero a la vez descubrimos la prosa maravillosa de Evodio Escalante, una delicia de escritura donde no hay una sola línea que no esté al filo de la navaja, alerta, inteligente, irónica, que abre siempre puertas y nos mantiene insomnes a través de la lectura.
Sin duda Octavio Paz hubiera gozado la lectura del libro de este inquieto heredero que se alza a su rango en materia de crítica literaria y habla de tú a tú con él. Escalante es no solo gran lector, gran escritor, sino también músico y amante de jazz, o sea un renacentista contemporáneo de los que solo produce un gran país como México, el hermano mayor de hispanoamérica, tierra donde los autores dialogan en permanencia con sus mayores, no solo escrutando y salvando sus obras, sino cotejando ideas y conceptos para que el molino de la palabra siga girando en medio de la batalla quijotesca de la literatura.
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Publicado el domingo 23 de noviembre en La Patria. Manizales. Colombia
http://www.lapatria.com/columnas/72/alegria-de-leer-evodio-escalante  

mercredi 5 novembre 2014

LAS NOCHES PARISINAS DE TABLADA

Por Eduardo García Aguilar
José Juan Tablada (1871-1945) es uno de los escritores mexicanos más fascinantes, ya que no sólo dejó una obra poética original sino que escribió miles de artículos y crónicas como solían hacerlo sus infatigables compañeros modernistas latinoamericanos en periódicos y revistas del continente.
La vida le deparó desde temprano viajes que lo ligaron a otras culturas como la de Japón, que visitó en 1900, Francia, donde estuvo entre 1911 y 1912, y Estados Unidos, donde vivió parte de su vida y murió este devorador de todas las cosas. En esos países se nutrió de ámbitos extraños que perfeccionaron su visión del mundo y dieron aliento a su poesía para sacarla de la retórica ambiente y proyectarla a una permanente juventud y experimentación.
En Nueva York fue uno de los centros magnéticos de la cultura latinoamericana, pues en esa metrópoli insomne tuvo acceso a todo tipo de sensaciones que alimentaron su desaforada dispersión intelectual. Pero venía de la capital mexicana, de la que siempre hablaba con nostalgia al escribir sus crónicas desde el extranjero, afectado por las noticias de la devastación provocada por los conflictos sociales y la Revolución, que llevaron a la caída del dictador Porfirio Díaz.
Como todos los modernsitas, Tablada tuvo su París y nada más curioso que leer ahora la edición original de las crónicas parisinas Los días y las noches de París, (Viuda de Ch. Bouret. México. 1918. 214 páginas), que adquirí en un acto tabladiano hace tres años en la Librería Madero, donde el poeta, con ojo avisado, nos relata los instantes vividos en la ciudad, considerada entonces la luminosa capital artística del mundo.
Relatada desde del otoño de 1911 a la primavera de 1912 en arbitrarias acuarelas que enviaba a la Revista de Revistas o en cartas y pedazos de diario donde contaba lo que veía, París se nos antoja allí mucho más cercano de lo que insinuaría el paso certero de un siglo.
Solemos los contemporáneos del siglo XXI creer que nuestros antepasados vivían un mundo atrasadísimo e ingenuo y pensamos que la supuesta modernidad desbocada de hoy es única y original. Pero basta revisar estas crónicas, que también fueron editadas por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1988, para darnos cuenta que París ha cambiado muy poco y que sus descripciones no difieren mucho de las que hiciera un cronista latinoamericano de hoy.
Por supuesto que ahora hay muchas comodidades impensables para aquella época como los celulares, la TV, los jets, las computadoras e Internet, que muchas enfermedades están controladas y otras nuevas como el sida han surgido, pero la pobreza y la soledad, la miseria y el olvido reinan igual que entonces al lado del derroche de los privilegiados en los mismos barrios y bulevares.Los malevos descritos en su crónica Fantasmas de apaches por Tablada, quien presencia un crimen cinematográfico desde un tranvía, siguen tan presentes como antes, y en los mismos lugares de hace cien años los dandys de hoy van a tenis a Roland Garros y a las carreras de caballos de Auteuil, mientras viciosos, dealers, prostitutas, gigolós, drogadictos y ladrones pululan en Montmarte, Pigalle, Bastille o Montparnasse con idéntica intensidad que a comienzos del siglo XX.
Cuando describe a los jóvenes artistas bohemios latinoamericanos que se hacinaban en buhardillas de nueve metros cuadrados para fumar, beber y copular en medio de la tuberculosis y la sífilis, lejos de su tierra, parece retratar a los jóvenes extranjeros y provincianos franceses actuales que hacen su París y pasan dificultades similares que sus ancestros de hace un siglo.
En la carta crónica Los luchadores vencidos, Tablada lamenta el estado del joven pintor mexicano Juan Mora que está flaco y abatido, afectado por la tisis en una buhardilla de la rue Monge, lejos de su madre lejana, pero rodeado de dos mexicanos, un artista colombiano y una pelirroja, que se reúnen para verlo mientras beben y comen charcutería y queso sobre un periódico, por lo que exclama "¡Ah, ese París, lo que le confiamos y lo que nos devuelve!".
Con Tablada descubrimos a Diego Rivera que vive en Montparnasse con Angelina Beloff, visitamos la tumba del pintor Julio Ruelas sepultado en el cementerio de Montparnasse antes de que allí se instalara también para siempre Porfirio Díaz. Y lamenta la muerte prematura de ese artista que reposa bajo la bella escultura de una hembra de mármol. Y como hoy se hace en los salones de la FIAC o en el Salón de Otoño, visitó la obra de los pintores del mundo expuestos en el Grand Palais para destacar allí el éxito del mexicano Ángel Zárraga y observar con menos entusiasmo lo expuesto por Diego Rivera y el Doctor Atl.
Y vemos a la Bella Otero o a Mistinguette actuando en los cabarets, o a la sáfica Colette en el teatro, visitamos las mismas viejas librerías y galerías del muelle Voltaire o las callejuelas de Saint Germain, Le Marais o Palais Royal, atendidas ahora por los descendientes, así como los antros de prostitutas, cabarets, bares y comederos de siempre, algunos de los cuales como Chartier, Bollinger o Polydor siguen ahí sin mucho cambio.
Tablada dedica una emocionada crónica al gran poeta argentino modernista Leopoldo Lugones, a quien visitó en su casa de Passy y con quien tuvo la fortuna de ser amigo. Así como hace décadas los latinoamericanos saludaban al superparisino Julio Cortázar, el de Rayuela, Lugones fue el gran escritor que conmovió con su sencillez a un admirativo Tablada.
Tablada vivía en una casa de estilo japonés en Coyoacán, saqueda según la leyenda por los revolucionarios. Ausente en París, se lamenta de los colgados y los fusilados dejados por la violencia en su país y que aparecen en las noticias de la prensa francesa, así como hoy se lamentaría de los ejecutados, decapatidos y deslenguados que en el México actual.
O sea que si el poeta volviera hoy a visitar la tumba de Ruelas en Montparnasse o caminara de nuevo por Campos Elíseos, Montparnasse o Bastille, comprendería que el actual mundo de guerras, atentados y crisis financieras no es menos bárbaro ni menos genial que el descrito por él hace un siglo con su escritura ágil y desordenada de lúcido viajero.

samedi 8 mars 2014

LA ISLA DE LEPOLDO MARÍA PANERO

Por Eduardo García Aguilar
Hace unos años me encontraba en la isla Las Palmas de Gran Canaria, donde estuvo Cristóbal Colón antes de partir hacia América y por las noches recorría callejones antiguos poblados por fantasmas de viajeros que ahí se apertrechaban y realizaban sus últimos rezos previos a la aventura en ultramar.
En el casco viejo se siente la historia y al cruzar las plazoletas iluminadas por la luna se capta la paz de los aljibes nocturnos. Sobre la piedra de las calles deambulan espectros de agitados viajeros, monjes, escribanos, espadachines, conquistadores de metal. Y uno se sienta entonces en un banco de piedra para mirar de frente la modesta iglesia donde Colón y sus hombres solían asistir a los oficios religiosos antes de que las tres carabelas partieran raudas en 1492 y después en otros viajes en busca del Atlántico desconocido.
La iglesia de piedra estaba ahí antes del descubrimiento de América y los hombres que la visitaban entonces vivían en un mundo donde tales islas eran lo más lejano conocido hacia Occidente, como si estuvieran situadas al borde de un precipicio o cascada apocalíptica, lo que no deja de ser cierto, pues emergieron del fondo de las aguas gracias a la actividad de las placas tectónicas y son la punta visible de altísimas montañas sumergidas en el agua salada del océano.
De noche me internaba en viejas tabernas situadas en pétreas edificaciones de mil años y allí escuchaba la música andaluza de fusión o a veces la caribeña, porque los canarios poblaron Venezuela, Dominica y Cuba, creando vasos comunicantes que aun persisten. Los emigrantes aventureros convertidos décadas después en "indianos", como se les llamaba entonces, regresaban ricos a la Gran Canaria a pasar sus últimos años en la tierra de origen disfrutando de su plata.
También solia buscar los restaurantes de comida de mar, donde de noche disfrutaba deliciosos platos de pescado fresco en un ambiente de taberna y después de los vinos volvía a fatigar las callejuelas empredadas que desearía practicar otra vez. Pero eran solo paseos de la noche Canaria bajo la luna y las estrellas. Desde el Hotel, al lado del viejo Ateneo decimonónico, percibía la iluminación de esa plaza artística más moderna y en el bar restaurante del primer piso lleno de gente seguía con el vino y el bullicio. Vida de isleño en la confluencia de los mares.
El día lo dedicaba a la exploración de libros y otras calles modernas, lejos de la piedra antigua. Las Palmas de la Gran Canaria es la tierra de Benito Perez Galdós (1842-1920) y la Feria del libro que visitaba estaba dedicada a este personaje enorme, que es como una montaña de la literatura española e hispana en general, un realista hermano de Tolstoi, Dickens y Zola, escritor río que hacía política y escribía en los periódicos como era entonces de uso para todos los escribidores.
Una delicia recorrer esa feria Canaria volviendo a tocar los libros publicados en España, ediciones que nos acompañaron muy temprano y se reencuentran en los puestos de libros de ocasión que pululan en los laberintos de la fiesta librera. Pérez Galdós estaba en todas partes, padre y monumento de la isla.
En uno de esos lugares empecé a mirar al azar libros usado y encontré en una de las estanterías dos libros del poeta y narrador colombiano Nicolás Suescún, autor de Retorno a casa, uno de los grandes cuentos de
la narrativa colombiana. Y junto a esos libros de Suescún, otros de autores colombianos de su generación, como si se tratara de un pequeño islote colombiano entre el océano de libros hispanos recalados en las playas de la gran isla.
En esas estaba, con los libros de Suescún en mano, observando el precio, cuando un demente, alto, de rostro muy arrugado, pálido, devastado, desdentado, desarreglado y de mirada intensa y desquiciada se me acercó y me dijo, "no, no compre esos libros" y me llevó con él a una mesa donde tenía expuestos los suyos. ¿Me espiaba porque tal vez vendía él su biblioteca o la de su familia, llena de libros colombianos cuya posición en la estantería conocía?
Era Leopoldo María Panero (1948-2014), poeta que acaba de fallecer en la isla, donde se internó de manera voluntaria hace años en un establecimiento siquiátrico. Allí se sentía protegido de la civilización de los "normales", adultos con quien peleaba desde su adolescencia, excrecencias del viejo franquismo y probablemente mucho más peligrosos que los hermanos de Antonin Artaud.
Establecí con él un dialogo donde se refirió a que María Mercedes Carranza fue novia de su hermano y me contó otras historias íntimas de su relación con Colombia, conocida a través de su "cuñada". Y al final me convenció de comprarle su libro "Así se fundó Carnaby Street", que me dedicó con letra caótica de vampiro, al mismo tiempo que apuraba un cigarrillo sin filtro.
Hijo del viejo poeta y prohombre franquista Leopoldo Panero y hermano del poeta Juan Luis, Leopoldo María perteneció a una familia autoritaria afín al viejo caudillo, con la que estuvo relacionado el poeta colombiano Eduardo Carranza en sus tiempos de diplomático laureanista y que ha sido descrita en El desencanto, de Jaime Chávarri, documental de culto porque mostró la decadencia de una época, el fin de  un largo episodio nacional español.
De esa familia bien con muchos secretos en los escaparates falangista salió este muchacho frágil golpeado por años de drogadicción y sufrimiento y lucha sin tregua con el mundo repugnante donde nació.  Gran poeta elogiado por la crítica, al final seguía siendo el mismo muchacho destruido tal vez  por una familia y un país rancio oloroso a franquismo contra los que se rebeló.
"Asi se fundó Carnaby Street" está otra vez en mis manos y su autor ha muerto este 5 de marzo en ese hospital de Las Palmas de Gran Canaria donde se sintió seguro, mientras se convertia en un poeta clásico en vida. Muchos de sus textos impresionan porque son los de un poeta que sabe perderse por las encrucijadas y las cavernas más secretas, al otro lado de los acantilados y los precipicios llenos de líquen y musgo.
Su contemporáneo, el exquisito dandy Perre Gimferrer (1948), lo sabía, y aunque es lo más opuesto al maldito, lamenta y teme hoy tal vez su pérdida desde su altísima torre de marfil catalana. Y desde los manicomios y las torres de marfil del mundo, quienes leímos algunos de sus poemas y lo conocimos por fortuna en la esquina del tiempo, también lo despedimos porque fue un santo atormentado que habitó la poesía.





dimanche 2 mars 2014

DIEZ POEMAS COLOMBIANOS EN ÁRABE

Por Eduardo García Aguilar
El ministerio de Relaciones Exteriores y la Embajada de Colombia en Marruecos lanzaron en el XX Salón del Libro de Casablanca una bella edición de Diez poemas colombianos traducidos al árabe, editados de manera impecable por el Taller de Edición Roca, una selección elaborada por los poetas Juan Felipe Robledo y Catalina González y vertida a la lengua del desierto por Ahmad Yamani.
Centenares de ejemplares del bello libro fueron distribuidos entre los lectores marroquíes y africanos que acudieron en masa al encuentro librero y ante el público un muy buen lector marroquí recitó el más conocido poema de José Asunción Silva, Nocturno, que a veces parecía sonar mejor en aquella lengua que en el castellano original.
Bello gesto el de lanzar al viento una muestra de poesía colombiana en aquellos parajes que por milenios han sido reino de guerras y poesía, junto a encantados desiertos y oasis donde beduinos y sultanes solían apurar las largas horas de espera en las tiendas, dedicados a justas de versos, mientras tomaban té y descansaban los lánguidos camellos de Guillermo Valencia, ausente en esta ocasión al lado de Álvaro Mutis.
El libro, que por obvias razones no podía extenderse hasta el infinito, pues sabemos que en cada colombiano yace un poeta, incluye los poemas La Creación, de los Koguis; Afecto 45, de la Madre Castillo; De noche, de Rafael Pombo; el Nocturno de Silva; la Canción de la vida profunda, de Barba Jacob; el Relato de Sergio Stepansky, de León de Greiff; Llanura de Tuluá, de Fernando Charry Lara; Morada al Sur, de Aurelio Arturo; Raíz antigua, de Meira del Mar y el misterioso Canto del extranjero, de Giovanni Quessep.
Robledo y González volaron como cigüeñas tiernas y sabias sobre toda la poesía colombiana de medio milenio para escoger con tino estas obras imprescindibles de nueve poetas muertos y uno vivo y luego llevarlos desde sus nidos lejanos de Colombia a las extensiones infinitas del mundo árabe, presididas ellas por el silencio, los espejismos, la sed y las ventiscas de arena.
El XX Salón de libro de Casablanca es uno de los más importantes encuentros libreros del mundo, porque congrega en la metrópoli marroquí a escritores y editores de muchos países africanos, en especial del Oeste, que tienen lazos firmes y cada vez más crecientes con el reino magrebí.
Por los pasillos de la muy bien organizada exposición librera, dirigida por el poeta Hassan El Ouazzani, no solo se agolpaban familias enteras de casablanqueses en busca de libros infantiles o religiosos, sino visitantes de 52 países, gente de Malí, Níger, Nigeria, Camerún, Senegal, Costa de Marfil, Sudáfrica, Egipto, Argelia, Túnez, Somalia, Sudán, Libia, Israel, Siria, Irak, entre otros.
En ese ambiente milagroso y feliz dedicado a festejar el libro, cuando por todas partes se derrumban editoriales y librerías y son condenados a más y más soledad los escritores y con mayor razón los poetas, estos diez poemas colombianos comenzaron a circular en esa lengua incógnita para quienes la ignoramos, aunque sabemos que vive en muchas de nuestras expresiones. Y como era de esperarse, los fantasmas humanos de estos poetas colombianos comenzaron a manifestarse en mi memoria mientras resonaba el vigoroso cántico de los muecines desde la gigantesca mezquita Hassan II.
Se sentía el treno de Los Koguis sobrevivientes del exterminio practicado por los españoles y en su voz creacional los árabes perciben una versión lejana y posterior de El Corán, como me lo dijo un joven imán barbudo que tomó el libro y leyó para mí en árabe los primeros versos del poema indígena seleccionado y estableció de inmediato vasos comunicantes con el libro sagrado del Islam. Me pareció fascinante la experiencia con ese discípulo del profeta y pensé que el acto colombiano de publicar este libro y lanzarlo al aire en estas tierras sí tenía sentido.
Luego se manifestó la Madre Francisca Josefa del Castillo y Guevara con ese bello poema místico y amoroso, titulado Afecto 45, que representa de manera indirecta los largos siglos de dominación colonial y católica en nuestras tierras y nos trae la voz desde esos conventos fríos de las altiplanicies donde se hallaban enclaustrados los religiosos hispanos y criollos lejos del mundanal ruido de los indios derrotados y los esclavos africanos inventores de la cumbia.
El siglo XIX está representado por el inefable Rafael Pombo, romántico que se hizo famoso al traducir poemas infantiles escritos originalmente por otros en lengua inglesa y que luego todos los colombianos aprendimos de memoria pensando que eran de él. Y a su lado, de nuevo el suicida Silva, enviado a París a realizar estudios comerciales, pero que al final vivió la bohemia parnasiana y simbolista y fracasó en su retorno a la patria. Y con ellos Porfirio Barba Jacob, exiliado y bohemio homosexual derrotado en México y Centroamérica, cuya obra dejó dispersa en diarios y revistas.
El siglo XX se lleva la mejor parte de esta bella antología: si antes los poetas fueron clérigos o monjas místicas, o gramáticos o malditos suicidas parnasianos y simbolistas, o libadores en calaveras como nuestro gran Julio Flórez, ahora llegaba el turno de los modestos abogados de corbatín y corbata como Aurelio Arturo y Fernando Charry Lara, o del díscolo empleado de origen sueco León de Greiff, quienes caminaban bajo la lluvia por la séptima de Bogotá tras largas jornadas burocráticas, en busca del café "Automático" sin saber que la gloria ya estaba en ellos.
Al final figuran dos tiernos de ascendencia árabe. Meira del Mar, una de las grandes poetas mujeres colombianas al lado de Maruja Vieira, cuya voz es necesaria y debería recuperarse en un país de poetas varones y guerreros. Y Giovanni Quessep, cuyo Canto del extranjero es magistral.
Todos esos poetas se manifestaron en Casablanca y echaron a correr en árabe por medinas y avenidas, playas, montañas y desiertos gracias a un acto poético que Colombia debería repetir: lanzar al viento poesía y ficción en otras lenguas y en todas partes, en vez de gastar dinero en armas y politiquería.

Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 2 de fmarzo de 2014

jeudi 5 décembre 2013

ÁLVARO MUTIS Y EL GAVIERO: UNA POÉTICA DE LA DESESPERANZA

Eduardo García Aguilar

Álvaro Mutis nació en Bogotá (Colombia) el 25 de agosto de 1923, pero desde niño vivió y estudió en Bruselas, alternando el tiempo con largos viajes a la tierra caliente sudamericana, en aquellos enormes transatlánticos que salían de los puertos europeos. Ambas experiencias nutren con intensidad el tejido de su obra: emoción de asir el pasado remoto que percibió en los años de infancia europeos a través de libros, calles, parques, otoños, y dolor ante la pérdida paulatina de los olores y colores del trópico que encontraba en la finca de su familia, situada entre los ríos Coello y Cocora, en su natal Colombia. De aquella infancia europea quedan como testimonio unas fotos donde se le ve niño, vestido de marinero, de pantalón corto, al lado de su madre y del padre diplomático, Santiago Mutis Dávila, cuya muerte prematura en 1933 lo marcó para siempre. París, Amberes, Le Havre, Hamburgo, Brujas, el Sena, los transatlánticos de la American Linie y los puertos fríos del norte fueron algunas de esas primeras impresiones imborrables que, aunadas al largo viaje por mar y la llegada a los malsanos puertos del trópico americano, como Colón o Buenaventura, conformarían el extraño cosmos de su obra literaria. De esa materia surgirá Maqroll el Gaviero, un personaje arquetípico de viajero desesperanzado, pero vitalista, cansado y sabio ante la muerte ineluctable, el fracaso de toda acción humana y la enfermedad y la fiebre que lo minan con lentitud y que está presente desde el inicio de su poesía. Esos ambientes figuran desde sus primeros textos poéticos como “La creciente”, “Hastío de los peces”, “Oración de Maqroll” y “Los elementos del desastre”, entre otros.

A un lado, pues, el esplendor europeo de entreguerras, con sus viajeros tipo Paul Morand y Valéry Larbaud, sus iglesias románicas o góticas, las tumbas merovingias, el recuerdo de los húsares y los guerreros ilirios, los viejos autos de película, las chicas de pelo corto y sombreros art-déco y París y el Sena; y más allá, en ultramar, la canícula, los estuarios infestados de mosquitos, los cargadores sifilíticos y las putas tristes con sus carnes flácidas marcadas por el salitre y la fogosidad insaciable de los hombres de mar. Mutis quedó marcado al regresar a la tierra caliente por “esa feracidad y esa especie de disponibilidad que crean el clima, la vegetación y los ríos. Eso fue lo que yo sentí, así fue como yo viví la tierra caliente cuando regresé de Europa: una suerte de espacio que se me daba y que me otorgaba una disponibilidad absoluta, no una libertad sino una especie de ampliación en proporciones gigantes y delirantes de sueños, ambiciones, deseos, sensaciones…”.

Si se considera que la literatura es una intensa exploración desesperanzada de la infancia perdida, de sus imágenes borrosas y sus olores idos, no queda duda alguna de que el imaginario de Álvaro Mutis –encarnado en Maqroll el Gaviero, o sea el que mira desde la Gavia y es el ojo de la embarcación– surge de esa contraposición iniciática atestiguada por el niño: el esplendor del viejo mundo antes de la guerra y la deliciosa usura de la carne en los lejanos trópicos desolados de ultramar. Además, desde el inicio esa desesperanza se le revela de manera diáfana, porque Maqroll “va aprendiendo que lo que le resta de los sueños es la apetencia, el deseo, y que cuando los vamos a tocar se nos deshacen”.

De regreso a Bogotá, el adolescente Mutis tratará de conjurar la desazón del exilio y el fin de su infancia a través de textos donde su alter ego convocatorio enumerará las modalidades del “fin ineluctable”, con su cauda de carne mortecina devorada por el sexo y el cáncer, amores perdidos en cuartuchos tristes de hotel y luchas sin sentido por sobrevivir en puertos y ciudades, entre tráficos innombrables de donde sólo se salva la amistad y el deseo. Todo ello mientras “un dios olvidado mira crecer la hierba”, y al mismo tiempo que el arribo de los barcos es “anunciado al alba con el vuelo de enormes cacatúas de grises párpados soñolientos, que gemían desoladas su estéril concupiscencia”, como dice respectivamente en los formidables poemas “El miedo” y “Hastío de los peces”, de su gran libro Los elementos del desastre (1953).

¿Qué hacer, pues, en esa Bogotá provinciana y fría alejada del reino? Primero dejar el bachillerato y los estudios que lo hubieran vuelto tal vez un típico hombre de clase dirigente colombiana y lanzarse a la aventura de la poesía y la vida, a través de innumerables trabajos en compañías de aviación y multinacionales petroleras que lo llevaron a todos los rincones del país en siniestros planchones untados de aceite, hacia poblaciones de tierra caliente donde la noche llegaba con su música de bares de mala muerte, junto a mujeres amorosas de amplios escotes y transgresores de la ley que jugaron su vida o su corazón al azar y siempre se los ganó la violencia, como dijo el colombiano Jose Eustasio Rivera al inicio de su legendaria novela telúrica La Vorágine, sobre la explotación del caucho en la Amazonia, a comienzos del siglo XX.

Desde siempre en Colombia y en América Latina se ha escuchado el rumor de fusiles y ametralladoras, el fragor de las guerras, el paso silencioso de los bandidos nocturnos, el galope tenebroso de los caballos. Lo que no es un secreto exclusivo del trópico, pues la misma generación de Mutis creció escuchando noticias de la guerra en Europa que traían consigo no sólo el humo de los crematorios de Birkenau, sino el eco de la destrucción de los templos góticos del Viejo Mundo, las viejas ciudades y los castillos de su mundo imaginario. Universo de muerte y de conflagraciones al que está condenado sin piedad el hombre y que está condensado en el enorme poema “El húsar”, donde el arcángel de las guerras hace romper “la niebla de su poder” con “el filo de su sable comido de orín y soledad, de su sable sin brillo y humillado en los zaguanes”.

A partir de su primer poema “Tres imágenes” (1947) –no por casualidad dedicado al poeta guatemalteco y universal Luis Cardoza y Aragón– y en otros como “Reseña” y “El viaje”, y en las creaciones de Los elementos del desastre, como “204”, “Hastío de los peces”. “Oración de Maqroll”, “Una palabra”, “El miedo” y “Nocturno”, se concretó el mundo al que sería fiel desde entonces hasta la culminación de su obra narrativa, reunida bajo el título de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. Un mundo que se hermana con el Pablo Neruda de Residencia en la tierra, el orbe amatorio de Enrique Molina en Argentina y la fascinación tropical de Vicente Gerbasi en Venezuela, para mencionar sólo a algunos de los autores latinoamericanos que, a mediados de siglo, abrieron camino por el lado de cierta poesía cargada de desesperanza y usura sexual, un vitalismo marino que se escapó de las cárceles anteriores para volar hacia el mundo y dialogar con los viajeros de Melville, Stevenson, Conrad, y Cendrars. Es un mundo poblado por enfermedad, desesperanza, muerte, cárcel, ilegalidad, desolación, carroña, exilio, corrupción, deseo, carne, violencia, vida. Un mundo que explora el extraño milagro del hombre envuelto por el remolino inútil de la vida, en empresas sin ton ni son que los mueven a sus miserias y deslealtades, a sus miedos y osadías, a su nada final y perpetua. Una poesía que narra y lleva océanos y ríos adentro, que sabe a deseo en cuartos de hotel, a lágrimas de desesperación y a usura en puertos infestados de mosquitos, muy lejos de los formalismos de cristal y de cartón piedra de otras poesías anteriores contemporáneas en el ámbito hispanoamericano.

Hombre jovial, informal, irreverente, desinhibido, con su vozarrón generoso, amigo de sus amigos en su casa de San Jerónimo, al sur de la ciudad de México, pero también terrible crítico cuando se trata de fustigar la mediocridad y las verdades recibidas, Mutis no sólo dejó a un lado el estilo timorato de los hombres de las altiplanicies de la tierra fría colombiana y de las cordilleras sudamericanas, lejos a la costa y a la tierra caliente, sino que brincó en su poesía hacia zonas jamás inexploradas hasta entonces en el país y en América Latina. Reinaban en Colombia por un lado Piedra y Cielo, grupo de poetas que trataba de imitar al Premio Nobel español Juan Ramón Jiménez cuando ya explotaban en otras partes del mundo el surrealismo y las vanguardias y, por otro lado el discurso polvoriento de la clase dirigente del país. Como antes había ocurrido en México con el joven Octavio Paz, el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón –que fue en 1918 el primer dadaísta latinoamericano en Europa–, trajo en los años cuarenta aires nuevos desde la Europa de entreguerras a esa helada capital colombiana de los Andes donde se desempeñaba como diplomático, y contribuyó así a abrir nuevas ventanas poéticas entre los jóvenes. Jorge Zalamea, el gran traductor al español de Saint John-Perse y amigo de Federico García Lorca, un viajero de izquierdas que recorrió el mundo y cuya prosa y su exploración de la poesía mundial de todos los tiempos dejó huellas indelebles y bien reconocibles en Mutis y su gran amigo, el Premio Nobel Gabriel García Márquez. También marcaron a Mutis, en el bogotano Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, las enseñanzas de su maestro Eduardo Carranza, principal exponente del movimiento Piedra y Cielo, de la misma manera que otros miembros de ese grupo cambiaron el rumbo de García Márquez, cuando estudiaba bachillerato en Zipaquirá, en la altiplanicie helada de Cundinamarca.

Para 1953, cuando publicó Los elementos del desastre en la prestigiosa editorial Losada de Buenos Aires, Mutis ya había concebido su extraño mundo poético: un verso neotelúrico cargado de vida y muerte, mar y montaña, lluvia y sequía, donde “la carne llora”, como dijo el gran crítico Ernesto Volkening. Con Mutis, en Colombia se dijo adiós al verso marmóreo de modernistas y parnasianos tardíos. Todo comenzó con su irrupción en el panorama literario local, en medio de una violenta ruptura histórica, tan espectacular, que hasta su primer libro de poemas, La balanza, desapareció incinerado en la revuelta del 9 de abril de 1948 en Bogotá, tras el asesinato del líder popular Jorge Eliecer Gaitán, acontecimiento que partió para siempre la historia del país. El viejo país civilista, gobernado por latinistas y versificadores de alejandrinos dio entonces un giro hacia esa sangrienta espiral que aún no cesa a comienzos del siglo XXI. De un día para otro la Bogotá de tranvías y hombres recatados vestidos de negro con sombreros Stetson, paraguas y zapatos de charol quedó en cenizas, e incluso los jugaderos de billar donde Mutis arruinó si bachillerato fueron borrados del mapa.

Podría decirse que la poesía colombiana fue autárquica y que sus sistemas y estéticas crecieron encerrados en un cuarto de espejos, fieles a la tradición “gramática” de un país donde ser “bardo”, “vate”, gramático, latinista, eran condiciones inevitables para aspirar a la presidencia de la República. En el siglo XIX, que se extendió hasta la quinta década del XX, los generales y los presidentes casi sin excepción ejercieron las artes retóricas, y la poesía fue oficial y moneda falsa como absurda imitación de expresiones decimonónicas europeas. Al hacer un repaso a la poesía del siglo XX y al cerrar su sarcófago, constatamos que en términos generales la colombiana fue hasta Mutis una poesía abortada y rezagada, sin grandes ambiciones, temerosa de pasar la raya o lanzarse al abismo. De pronto un autor lograba destellos, pero luego se silenciaba, callaba por temor y desaparecía en la oscuridad. Es como si el poeta colombiano, cual niño aplicado, supiera que hay un límite imaginario que no puede pasar, y le teme lanzarse a la nueva aventura del bosque por temor al lobo, abomina descubrir nuevos yacimientos, parajes, cavernas, remolinos, fangos, arenas movedizas. Todo cambio le incomoda y por eso cierto aire de polilla y heliotropo la caracterizó, por lo menos hasta en los años sesenta, cuando algunos escritores ligados a la revista Mito (1955-1962) comenzaron a sacudirse de la modorra burocrática. Hasta Mutis, la poesía colombiana siempre estuvo rezagada del tren delirante de la “lírica” hispanoamericana. Para que el joven Mutis efectuara su rebelión poética fueron decisivos sus contactos con Pablo Neruda y los surrealistas latinoamericanos, entre ellos a los peruanos César Moro y Emilio Adolfo Westphalen y el argentino Enrique Molina, a quienes considera tan buenos e incluso mejores que los franceses –salvo tal vez René Crevel y Robert Desnos–, y más tarde con Octavio Paz, que saludó en México la publicación de la Reseña de los Hospitales de Ultramar (1959), al destacar “la alianza del esplendor verbal y la descomposición de la materia”. Y antes, por supuesto, fue crucial su lectura atenta y entusiasta, a los 17 años de edad, de Baudelaire, que, dice Mutis, “para mí resultó definitiva”, así como la de Mallarmé “que es otra de mis admiraciones y lecturas más frecuentes”.

¿Quién era, pues, ese joven poeta que escandalizaba con sus diatribas contra los viejos poetas nacionales, afirmaba tener como hobby el asesinato y pasaba el día frente a micrófonos de emisoras radiales de Bogotá leyendo cables sobre la guerra como si estuviera transmitiendo desde el frente? Medio siglo después, la respuesta es esta vasta obra que abarca poesía, ensayos y novelas. Desde su adolescencia, la fidelidad de Mutis a sus obsesiones poéticas fue total y mientras en los años sesenta y setenta la literatura latinoamericana, seducida por la Revolución cubana, era conquistada por el gran éxito comercial del boom, y se hundía en ingenuos nacionalismos autoglorificadores, esta voz se convirtió en palabra de culto y de catacumba entre reducidos lectores que vieron en Maqroll el Gaviero al arquetipo cosmopolita, descreído y necesario para soportar el paso por la vida. Por ese entonces los lectores europeos, anglosajones e hispanoamericanos estaban fascinados con ese mundo de loros, cocodrilos y personajes típicos agenciados por la novela del boom, como expresiones de un colorido mundo animista y primitivo de maravillosa superficialidad o por cierta poesía comprometida con las luchas políticas del momento, que después, tras la caída de los totalitarismos, se revelaría vana y decepcionante. ¿Entonces para qué leer en esos tiempos de euforia un colombiano amante de la literatura francesa, que vivía inmerso en su mundo de reyes y monarcas de tiempos idos, lamentaba la caída de Bizancio en 1453, nunca había votado, se declaraba reaccionario, monárquico y gibelino y no firmaba declaraciones progresistas?

Sin embargo, en esos años de euforia revolucionaria, Mutis siguió con su poesía y publicó el espléndido Reseñas de los Hospitales de Ultramar que incluye textos conmovedores como “Ciudad”, “Pregón de los hospitales”, “El hospital de los soberbios”, “Las plagas de Maqroll” y el extraordinario “Moirologhia”, tal vez uno de sus poemas claves, y Los trabajos perdidos. Al mismo tiempo publicó su estremecedor Diario de Lecumberri y la gótica y tropical Mansión de Araucaíma, surgida esta última de un fructífero intercambio con el gran surrealista Buñuel. En tales ficciones y en los poemas, con los que hizo ya su primera Summa de Maqroll el Gaviero (1947-1970), publicada en 1972 en la colección Isulae poetarum de Barral editores, Mutis descargó nuevas experiencias como la prisión de 15 meses en el Palacio de Lecumberri a fines de los años 50, donde vivió en carne propia la caída maqrolliana prevista en los textos de primera juventud y sus múltiples aventuras laborales que lo llevaron a ser locutor, la voz narradora de la legendaria serie estadounidense de gángsters Los intocables.

Siempre dentro de esa desolada palpitación telúrica y figurativa, en esos poemas se comunicó a los lectores jóvenes latinoamericanos un mundo cerrado y abierto, con sus leyes y vías, salidas y trampas, calles secretas y babélicas: más que una poesía de artificios nos enfrentó a una especie de iniciación. Mutis nunca lo dudó: la literatura, la verdadera literatura, es un proceso de exploración, revelación e iniciación en quien narra o canta y por ende será también un proceso de revelación e iniciación en el lector. Ni el creador ni el lector, como el profeta o el iniciado, serán idénticos después de enfrentarse a la palabra. Escribir o leer no valen la pena si no conducen a la iluminación o la revelación. En esos poemas narrativos, figurativos, volvíamos a los viejos zocos milenarios, a las guerras de hace dos mil años, a los reyes caídos, a los soldados empalados o enceguecidos, a los viajeros de Homero y de Virgilio, al esplendor y la caída de los hombres, a la valentía de los húsares, a la cierta condena de la enfermedad y la muerte. Y por esa razón, entre los jóvenes latinoamericanos infectados por la poesía, Mutis se convirtió en autor de culto, de la misma manera que ahora se convirtió en autor de culto para cientos de miles de lectores ganados por el estupor de descubrir en sus novelas de poeta un cómplice entre la literatura latinoamericana, hasta entonces embebida en el artificio o el folclor.

Tuvo Mutis que emprender la aventura de la prosa para ganar esos espacios de los que estuvo ausente durante el reino del boom novelístico. Ya era toda una leyenda en el continente latinoamericano como poeta, cuando de repente, de su casa de San Jerónimo o de la calle Darwin, donde trabajaba para la Columbia Pictures, en la capital mexicana, empezaron a salir una tras otra las novelas donde Maqroll andaba a sus anchas: La Nieve del Almirante con su extraña búsqueda de lo inefable entre aserraderos perdidos, Ilona llega con la lluvia, homenaje al amor y la amistad a través de un aventurero triángulo, Un bel morir con sus amores de mariposas en el diafragma, La última escala del Tramp Steamer, verdadera joya narrativa y la minera y desolada historia de pasión carnal descrita en Amirbar, entre otras ficciones. Estas nuevas creaciones surgidas a fines de la década de los ochenta constituyeron un baño refrescante para la narrativa latinoamericana, porque renovaron de manera directa los lazos con la poesía y la alejaron del utilitarismo de la trama.

Tuvo Mutis que emprender la aventura de la prosa para ganar esos espacios de los que estuvo ausente durante el reino del boom novelístico. Ya era toda una leyenda en el continente latinoamericano como poeta, cuando de repente, de su casa de San Jerónimo o de la calle Darwin, donde trabajaba para la Columbia Pictures, en la capital mexicana, empezaron a salir una tras otra las novelas donde Maqroll andaba a sus anchas: La Nieve del Almirante con su extraña búsqueda de lo inefable entre aserraderos perdidos, Ilona llega con la lluvia, homenaje al amor y la amistad a través de un aventurero triángulo, Un bel morir con sus amores de mariposas en el diafragma, La última escala del Tramp Steamer, verdadera joya narrativa y la minera y desolada historia de pasión carnal descrita en Amirbar, entre otras ficciones. Estas nuevas creaciones surgidas a fines de la década de los ochenta constituyeron un baño refrescante para la narrativa latinoamericana, porque renovaron de manera directa los lazos con la poesía y la alejaron del utilitarismo de la trama.

Pero tal vez la lección más importante de esta aventura tan reciente fue comunicar a los lectores amantes de la verdadera literatura, que el reino de lo comercial no había triunfado del todo. Mientras decenas de nuevos narradores fabricaban a destajo novelas con clímax y desenlace, según las fórmulas de cartilla, Mutis escribía con la pasión adolescente de quien escribe para nada y para nadie, rodeado de sus tantos jóvenes amigos de México y Colombia. Esa rebeldía suya de no renunciar al niño y al adolescente que lleva dentro fluyó en las ficciones, insuflándoles aires de fronda literaria.

Ahora el Gaviero emprende por fin en las novelas del poeta el nuevo negocio de la fama, condenado al fracaso en algún barco de ultramar, y aunque sabe que no hay salvación alguna para él ni para la humanidad ni para el mundo, no renunciará jamás al goce de sus absurdas empresas. Pero esas novelas del Gaviero nos conducen a la intensidad del poema, que es “un pájaro que huye del sitio señalado por la plaga”, o a las crecientes del río, los trenes de la cordillera, los “ataúdes de penetrante aroma de pino verde trabajado con prisa”, los ahorcados de Cocora, los prostíbulos, las hojas de plátano, las minas, la lluvia en los cafetales en los techos de zinc o el llanto de la mujer solitaria de la habitación 204.

No es extraño pues que Álvaro Mutis, como contemporáneo de tantos apocalipsis, dejara fluir sus textos en torno a la desesperanza, que es el centro de su obra. Precisamente, en una conferencia que sobre este tema dictó en la Casa del Lago, en México, en 1965, trata, en torno al personaje central de la novela Victoria de Joseph Conrad, de encontrar los hilos de esa actitud vital y estética y dice que: “Heyst forma parte de esa dolorosa familia de los lúcidos que han desechado la acción, de los que, conociendo hasta sus más remotas y desastrosas consecuencias el resultado de intervenir en hechos y pasiones de los hombres, se niegan a hacerlo, no se prestan al juego y dejan que el destino o como quiera llamársele, juegue a su antojo bajo el sol implacable o las estrelladas noches sin término de los trópicos. Heyst ama, trabaja, charla interminablemente con sus amigos y se presta a todas las emboscadas del destino, porque sabe que no es negándose a hacerlo como se evitan los hechos que darán cuenta de su vida”.

Al tener certeza de que las condiciones de la desesperanza son la lucidez, la incomunicabilidad, la soledad y la estrecha y peculiar relación con la muerte, Mutis va directo, tanto en su poesía como en su prosa, al acercamiento a los hilos de la tragedia humana es negarse a juzgar, para poder así entender las pequeñas y ciegas mezquindades que mueven a quienes no saben que están condenados a la ruina y el fin “ineluctables”.

Así como busca Conrad algunos de los elementos para sustentar su actitud frente a la vida y al arte, Mutis encuentra en el portugués Pessoa y en el francés Valéry Larbaud otros modelos cimeros del desesperanzado. El uno en el terreno del grito y de la oscuridad, el otro en el reino del hedonismo y del viaje, pero a fin de cuentas marcados por la conciencia de la soledad y de la muerte. En un texto llamado “¿Quién es Barnabooth?”, refiriéndose a ese riche amateur inventado por Larbaud, nos dice que “poco a poco nos vamos dando cuenta de que Barnabooth ya sabe. Ya sabe que las grandes pasiones desembocan y se esfuman en ese usado y variable instrumento que es el hombre; ya sabe que detrás de toda empresa al parecer perdurable, de toda obra nacida del hombre, está el tiempo que trabaja tenaz para llevarlo todo al único verdadero paraíso posible, el olvido; sabe que nunca podrá comunicarse con otro ser ni esperar de persona alguna esa compañía que tanto anhela, porque cada uno lleva consigo su propia, incompartible y turbulenta carga de sueños. Barnabooth ya sabe todo esto y cuando accede al diálogo lo sostiene a sabiendas de que es un juego con cartas marcadas, en el que cada uno juega su propio juego sin querer ni poder parar mientes en el de su contrario”.

Asimismo, encuentra en los personajes de André Malraux las características fundamentales de la desesperanza como son la lucidez y la relación con la muerte. Mutis dice que “es esa dolorosa esperanza de saber que, de rechazo en rechazo, de batalla en batalla y de abrazo en abrazo, podemos confirmar cada vez con mayor certeza y no sin cierta dicha inconfesada, nuestra ninguna misión ni sentido sobre la tierra, como no sea la confirmación, a través del cuerpo, de un cierto existir inapelable, del cual somos conscientes y que nos proporciona, gratuitamente, esa condición humana”.

Maqroll el Gaviero vendría a ser la concreción de estas obsesiones vitales del autor. Es un aventurero que está al margen de la ley, pero que fundamentalmente se rebela contra su propio oficio de existir y trata de hacerle jugarretas al destino. Es un desesperanzado y observa por donde para el deterioro de los seres, el agotamiento de sus energías en la ceguera de la ignorancia. Como un espectador, comercia con ellos a sabiendas de que al hacerlo se arriesga a empresas azarosas que tarde o temprano lo pondrán en apuros. Como Barnabooth gustará del viaje y su calor interminable, como Pessoa asistirá al horror de su tránsito, como los personajes de Conrad y Malraux actuará sólo para tener la certeza de su existencia, o sea el premio equivocado que enuncia la disolución y la nada.

En la poética Summa de Maqroll el Gaviero, y en sus novelas, Mutis nos enfrenta a ese ambulante que acepta el destino guiado por el azar, por ciertos signos que se atraviesan en el camino, pero que no mide las consecuencias ni los resultados de sus acciones desinteresadas y absurdas. A diferencia de otros héroes que buscan un sueño concreto y palpable como el poder, o el amor, Maqroll actúa porque no tiene otra alternativa y sus objetivos son tan simples como llegar a un lejano y perdido aserradero, subir unas cajas con mercancías desconocidas hasta el filo de la cordillera o sobrevivir en Panamá mediante la venta de mercancías baratas o de la trata de blancas. Entre el ajetreo de la vida encontrará el placer de un estado de lucidez, la alegría de una noche de hotel en compañía de un libro, o mucho mejor, el olvido de la realidad en brazos de alguna de aquellas hembras, que merced a una cualidad impar, pueden transportarlo a un planeta distinto al que lo lleva por los despeñaderos.

Toda su obra poética y narrativa fluctúa entre dos aguas: a un lado el trópico de su infancia en las vertientes y orillas de los grandes ríos, como el Xurandó, allí donde el sol aplasta y la lluvia es incesante y cargada de tormentas eléctricas y al otro un mundo imaginario de nostalgias culturales, también infantiles, que incluye la bruma de Bélgica y Holanda o los misterios de Trieste, Nijni Novgorod, Constantinopla o El Escorial. En la primera zona asistimos al espectáculo de las fuerzas telúricas y en la segunda a los sustentos culturales merced a los cuales sobrevive una cultura milenaria como la cristiana, con sus templos góticos, sus ritos monárquicos y religiosos y sus mártires y héroes plasmados en los libros del tiempo.

En su obra también se destacan dos pequeñas joyas en prosa, que aunque no aparecen en la Summa, son indispensables y complementarias en su universo poético de la desesperanza: se trata de “La muerte del Estratega” y “El último rostro”, publicados a fines de los años cincuenta. La primera historia nos traslada al amplio continente bizantino, desde su capital hasta las zonas periféricas y bárbaras del mismo. Mediante una prosa que mide muy bien sus efectos, el autor nos comunica a través de los amores de Alar el Ilirio, estratega de la Emperatriz Irene en el Thema de Lycandos, las tensiones culturales de ese imperio milenario, caracterizado por la mezcla de las razas. En las lúcidas cartas de Alar, ese “romano de oriente”, a quien acompañan “Virgilio, Horacio y Catulo a donde quiera que fuese” podemos hallar secretos para entender el comportamiento de los hombres y sus sueños derrotados, así como las preocupaciones del Gaviero. Como un gran desesperanzado, el Ilirio dice que el hombre “en su miserable confusión levanta con la mente complicadas arquitecturas y cree que aplicándolas con rigor conseguirá poner orden al tumultuoso y caótico latido de su sangre”. En “El último rostro” nos enfrenta al héroe Simón Bolívar en el más dramático y lamentable episodio de su vida, cuando a la espera la muerte olvidado y humillado por el pueblo que contribuyó a libertar. Alar el Ilirio desde su continente bizantino y Bolívar en el trópico, acosados por una realidad insufrible: en ambos héroes puede resumirse la tensión de la prosa poética mutisiana, a través de la cual descubrimos que los latinoamericanos no sólo somos de aquí sino de allá también y que en medio de la selva, bajo temperaturas infernales, somos acosados por los fantasmas milenarios de nuestra cultura occidental y cristiana.

Antes de emprender a fines de la década de los ochenta el camino de las novelas, Mutis publicó cuatro colecciones de poesía que marcan en cierta forma un cambio paulatino en su expresión y la exploración de rumbos poéticos. Se trata de Caravansary (1981), Los emisarios (1984), Crónica regia (1985) y Un homenaje y siete nocturnos (1986). En Caravansary logra uno de los textos más intensos de la estética maqrolliana, como “Cocora”, donde en el fondo de los socavones se logra el contacto con la eternidad a través de unas máquinas oxidadas, entre la humedad terráquea y el eco espantoso de la desolación, y “El sueño del príncipe elector”, que nos lleva al recurrente espejismo mutisiano de percibir en sueños febriles la gloria y la felicidad a través de una hembra de “devastadora eficacia”, que luego desaparece con el río y deja derrotado al ingenuo que alguna vez creyó en ella, poseído “por un sordo malestar de tedio y ceniza”. En Los emisarios aparecen Cádiz, Córdoba, Novgorod la grande, la Alhambra y el legendario y cañón de Aracuriare, por donde deambula el Gaviero. Con estos libros, a los que se agregan los Diez Lieder, Un homenaje y siete nocturnos y Crónica regia, el autor vuelve a ese mundo nutrido de los sueños de infancia, en otras zonas alejadas de la tierra caliente y la persistencia del cuerpo, la humedad y el deseo.

Como lo demuestran estos libros, muchas son, pues, las materias de su obra. Primero, por supuesto, la tierra caliente, los hoteles, los Tramp Steamer, las mujeres aventureras en los puertos malsanos, los traficantes de mercancías ilegales, los hospitales, las cárceles, las minas, los enfermos. Pero también hay otro tema importante en algunos de sus poemas, como es la ambición loca de los hombres por el poder y la inevitable prueba de la derrota. Y en este terreno Mutis parece estar más cerca de los grandes vencidos como Belisario, el conde Duque Olivares, el Gran Condé, el Cid Campeador, el rey Sebastián de Portugal y el rey San Luis.

En 1947 Mutis escribió “Apuntes para un poema de lástimas a la memoria de Su Majestad el Rey Felipe II”. Casi cuarenta años después, en Crónica regia, publicó otros poemas relacionados con esa obsesión inicial que tiene mucha importancia en su poesía. En “Como un fruto tu reino”, “Cuatro nocturnos de El Escorial”, y “Regreso a un retrato de la Infanta Catalina Micaela, hija del Rey Don Felipe II”, intenta asir la obsesión de un Rey que sueña su reino contra viento y marea, convencido de que obedece a una misión encomendada por los siglos, por encima de las herejías o hazañas, fundaciones y derrotas, tal y como un milenio atrás el iluminado Constantino soñó el suyo.

Mutis está convencido de que frente a la uniformización propuesta por lo que Marguerite Yourcenar llamó “antropolatría atea”, la memoria de aquellos lejanos tiempos de fe donde el hombre se fundía con la divinidad puede convertirse en el lamento esencial del viajero nutre su obra. Pero desde la claridad de quien sabe que aquellos tiempos ya pasaron, de la misma manera que los soldados de plomo nos recuerdan las añejas batallas de los reinos idos. Los reinos están allá, en un limbo perdido de la historia, porque ya nunca existirá un Constantino, un San Luis, un Felipe II o un Luis XIV. Desde los tiempos de Hollywood, Disney y los fundamentalismos fanáticos un poeta rebelde invoca a esos fantasmas, mientras deambula entre las ruinas de los palacios que hoy visitan turistas cargados de cámaras fotográficas, Coca-Cola y hamburguesas. Los reinos extinguidos perviven, pues, en su poesía, como la Cynthia de Propercio en la suya.

En las historias y poemas de Mutis desde Los elementos del desastre y Reseñas de los Hospitales de Ultramar hasta Caravansary, Los emisarios y en las Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, se palpa ese maravilloso mundo múltiple que va desde los altares barrocos hasta los orígenes aventureros, hembras jóvenes y decrépitas, truhanes alcohólicos o místicos sin fe, húsares y libertadores, listos y derrotados. Algo que bien podría denominarse poética de la desesperanza o poética de la extranjería.

Álvaro Mutis ha sido fiel a sus secretos y obsesiones poéticas desde el principio. Desde los primeros poemas Mutis nos lleva a zonas del trópico pobladas de ríos malsanos cubiertos de embarcaciones cubiertas de desesperanzados, o abre las puertas de los hoteles de paso en donde los viajeros gimen algún secreto o pronuncian una plegaria. Más allá, en las zonas de la historia, el poeta invoca aquellos momentos, que por extraños vasos comunicantes hablan con la tierra caliente, la niebla de las cordilleras o el vaho de los ríos enfermos. Bizancio, el gran imperio de un milenio; los años de Felipe II, de Góngora, Lope, Calderón y Cervantes; la culta dinastía de los Omeyas, iluminan al rehén de los trópicos.

Maqroll el Gaviero es el viajero que guarda todos estos esos secretos. Perdido en las regiones más inhóspitas, hospedado en posadas de mala muerte, compartiendo con los hombres que encuentra en su camino las más tristes miserias, tiene tiempo para invocar las figuras que en la guerra de otras épocas guardaron el secreto de su sabiduría. En el destierro más absoluto cierra los ojos y crea el pasado irrecuperable. Condenado día a día a morir, se refugia en el culto de ciertos héroes, reyes o santos. Solitarios, grita su fracaso ante la inmensidad de las ciénagas y las cordilleras: “Alza tu voz en el blando silencio de la noche, cuando todo ha callado en espera de alba; alza entonces tu voz, y gime la miseria del mundo y sus criaturas. Pero que nadie sepa de tu llanto, ni descifre el sentido de tus lamentos”.



TRES POSDATAS:

POSDATA I

ALVARO MUTIS. EL POETA PRISIONERO

Álvaro Mutis pasó quince meses de su vida recluido en el famoso Palacio Negro de Lecumberri de la ciudad de México, mientras se definía a su favor un proceso kafkiano de extradición a Colombia por supuestos delitos líricos y gastronómicos, como la realización con sus amigos poetas de un gran banquete en Bogotá a la memoria del chef francés Brillat-Savarin, autor de la Fisiología del gusto.

El poeta promisorio, que ya había publicado Los elementos del desastre en 1953, alma de todas las fiestas que con su carcajada inmortal levantaba hasta a los difuntos y con cuya simpatía hacía suspirar a todas las muchachas, como cuenta Elena Poniatowska, el activo amigo de las altas jerarquías políticas colombianas y relacionista público de multinacionales, cayó allí en ese pozo profundo donde “tus ojos serán dos túneles de viento fétido, quieto, fácil, incoloro”, ahí donde de “tu magro sexo encogido solo mana ya la linfa rosácea de tus glándulas, las primeras visitadas por el signo de la descomposición”.

Cuando salió libre el 22 de diciembre de 1959, meses antes de lo previsto, a los 36 años de edad, terminaba para él una pesadilla que cambió su vida para siempre, le dio aun mayor profundidad a sus intuiciones poéticas ya probadas y definió el brillante destino literario que lo llevaría al Premio Cervantes 2001, pues como lo afirmó él mismo, sin el “carcelazo” de Lecumberri ninguno de los libros de la saga de Maqroll el Gaviero y casi toda su poesía posterior habrían existido.

Nació el 25 de agosto de 1923 en Bogotá y desde los dos hasta los once años de edad vivió la mayor parte del tiempo en internados escolares en París o Bruselas, donde su padre Santiago era diplomático. Al morir este muy joven, a los 33 años de edad, el niño Mutis regresó a Colombia con su madre y frecuentó ahora los internados escolares en la fría Bogotá, que se intercalaban por fortuna con estadías inolvidables plenas de libertad salvaje en la finca materna de la tierra caliente. Abandonó el bachillerato por la poesía y el billar, se casó y tuvo hijos muy joven y empezó a trabajar como locutor en emisoras culturales o en empresas aéreas o multinacionales petroleras como Standard Oil y la Esso para las que viajaba sin cesar, llevando un tren de vida agitado y opulento.

Pero todo eso quedó atrás de repente al caer en la desgracia carcelaria. La soledad en la diminuta celda, la impotencia ante la calumnia de los malquerientes políticos y personales que iniciaron el proceso durante la dictadura de Rojas Pinilla, el sentir la mirada nueva de los otros hacia el apestado, la angustia de las largas noches sin consuelo, los amigos que huyen y le dan la espalda, la añoranza de la vida de afuera y el sonido de los aviones que aterrizaban en el cercano aeropuerto y le recordaban los viajes por el mundo y los grandes hoteles, todas esas sensaciones amargas se acumularon en esas horas aciagas sin esperanza.

En la prisión se ratificaron sus obsesiones poéticas, la certeza de que no se va a ninguna parte, de que la enfermedad y la muerte ya están presentes en el cuerpo que declina de manera ineluctable, el ardor del deseo en los puertos y hoteles de mala muerte, la soledad del errante viajero que huye sin nombre y emprende tareas absurdas para apurar el venenoso sabor de las horas estancadas, la eternidad mansa de ahogados y suicidas, el bullicio de los burdeles, la amistad y lealtad de los proscritos y las amantes, todo eso irrumpía allí en esas crujías, corredores y celdas pobladas de desgraciados que le recordaban los viejos tramp steamers olorosos a combustible y herrumbre.

Además de sus actividades como dramaturgo carcelario aficionado y anfitrión de figuras como Luis Buñuel y Seki Sano, Mutis agotó las horas amargas de la derrota leyendo en la biblioteca del penal, donde encontró excelentes libros, entre ellos las Cartas del príncipe de Ligne, las Memorias de ultratumba de Chateaubriand y la obra de Marcel Proust. También escribía largas cartas mecanografiadas en rollos de papel, poemas y relatos, algunos de los cuales están incluidos en su Diario de Lecumberri, publicado por la Universidad Veracruzana. O sea que de Lecumberri, donde estuvieron presos también el asesino de Trotski, Ramón Mercader, David Alfaro Siqueiros, José Revueltas, José Agustín y William Burroughs, salió en definitiva “otro hombre”, convencido de “que no podemos juzgar a nuestros semejantes”, certeza esencial que guía los viajes y las empresas de su álter ego Maqroll el Gaviero.



POSDATA II. IN MEMORIAM.

MUTIS EL LECTOR

Después de una larga vida de viajes y aventuras, el habitáculo central de Álvaro Mutis fue su camarote biblioteca situado en el transatlántico imaginario de su casa de San Jerónimo, al sur de la ciudad de México. Durante múltiples jornadas en las cuales pude conversar en ese lugar con el autor de Summa de Maqroll el Gaviero –ya fuera en visitas informales, o cuando emprendimos las conversaciones que llevaron a la creación y publicación de Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Álvaro Mutis–, percibí los fantasmas literarios que invadían sus días y sus noches, aquellos con los que dialogaba en el insomnio.

Aunque nunca quiso definirse como intelectual, pues se formó en los cafés bohemios bogotanos de los años cuarenta, al lado de figuras como León de Greiff, Luis Cardoza y Aragón, Nicolás Gómez Dávila, Ernesto Volkening, Casimiro Eiger y Eduardo Carranza, entre otros, fue un lector en el mejor sentido de la palabra. Leer era para Mutis nutrimento y tal fue su dicha entre los libros que compartirlos, regalarlos, guardarlos y buscarlos constituyó una de sus felicidades mayores. Su biblioteca fue su centro vital, y cuando abordaba a algún autor o tema, se levantaba y se dirigía a esas estanterías del camarote imaginario para alcanzar el ejemplar y encontrar la cita buscada, la dedicatoria sorpresiva o el aroma.

En su biblioteca también había fotos o imágenes: de Proust en su lecho de muerte, a quien consideraba “el más grande novelista de los últimos 150 años”; de Joseph Conrad, Louis-Ferdinand Céline, Nicolás II, Paul Valéry y Luis Cardoza y Aragón; una estatuilla del capitán Cuttle de Dickens (su mayor “influencia” literaria, decía); de Melville, Balzac, George Eliot, Antonio Machado, Pablo Neruda, Gonzalo Rojas, Enrique Molina y otros muchos autores preferidos.

Además de los autores de poesía, entre los cuales destacaba en lengua castellana a Rubén Darío y Antonio Machado, y de los de ficción, en especial a los franceses del siglo xix, desde Stendhal hasta Balzac pero también a autores como Dumas, Céline y Malraux, Mutis guardaba un lugar muy especial para el mundo histórico. Disfrutó libros sobre el Imperio bizantino, textos sobre Napoleón y otros héroes que admiró de joven, así como obras de los memorialistas Saint-Simon, el cardenal de Retz, Giacomo Casanova o Chateaubriand, cuando no François Mauriac o el catalán Josep Pla. Podría mencionar a algunos de los autores secretos de la literatura en lengua francesa que conocí a través suyo como Paul-Jean Toulet, Valery Larbaud, Joë Bousquet o el martiniqués Édouard Glissant, entre otros muchos, pues tenía con Francia y la literatura francófona, tanto ultramarina como norafricana, una especial y profunda amistad. No es casualidad que de niño sus primeras lecturas en Bruselas fueran en francés, lengua que hablaban muy bien su padre diplomático y su madre viajera. Mutis era antes que todo un lector, y su personaje Maqroll el Gaviero lo era incluso más. Cuando deambulaba por ríos, montañas o ciudades cargaba con las Memorias del cardenal de Retz, las Cartas del príncipe de Ligne o la biografía de San Francisco del danés Jörgersen.

Mutis debe mucho al exilio posterior en la tierra caliente, a los ríos y puertos, cuando tuvo que retornar ya huérfano a su nativa América Latina, a los transatlánticos de entreguerras, a la soledad del niño que viaja con adultos de un continente a otro. Su extraña vertiente literaria, un objeto no identificable dentro de la poesía y la prosa latinoamericanas de los últimos cien años, debe mucho al ocio en aquellos paquebotes. Como su gran amigo, el cosmopolita Alejandro Rossi, Mutis viajó de niño en los barcos Virgilio y Horacio, “que terminaron trágicamente, uno en un incendio y el otro en la guerra”. De los transatlánticos de la North Deutschland Bremen, de la Compañía Italiana de Navegación y de la Hamburg America Line viene ese vaivén permanente, ese no situarse en ninguna parte y solo hallar refugio en el camarote imaginario de sus libros. ~



POSDATA III

ALVARO MUTIS MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Nunca pensamos que Mutis se iría tan rápido cuando varios amigos coincidimos en Bogotá el domingo 25 de agosto de 2013 convocados por la Universidad Nacional y la Biblioteca Nacional para celebrar su obra y su longevidad. Un aire de presagio tormentoso cundía en la capital y el homenaje por sus 90 años se dio en un contexto muy especial, porque hubo disturbios por el paro nacional agrario y todo el país estaba agitado, en especial la capital, Bogotá, a donde llegaban por esos días los manifestantes campesinos enardecidos como en los viejos tiempos de la Colombia insurrecta.

La última sesión, la más festiva y multitudinaria, que cerraba el encuentro en la Biblioteca Nacional, tuvo que ser cancelada, así como la inauguración de la semana colombo-mexicana del Fondo de Cultura Económica en el Centro Cultural García Márquez, a la que habían sido convocados decenas de escritores mexicanos, mientras en el centro se oían los disparos de gases lacrimógenos, el tropel incesante y el sonido de los vidrios rotos por el paso de los manifestantes más radicales. Varios municipios cercanos a la capital quedaron bajo toque de queda y la ciudad fue militarizada. Algo así no ocurría desde 1977.

Esa tarde final estarían presentes algunos escritores y amigos colombianos del poeta y sus lecturas de textos serían transmitidas a todas las bibliotecas públicas del país. Los viejos fantasmas que dejó Mutis cuando se fue de ahí para siempre, en 1956, hace casi seis décadas, estaban desatados. Y ese ambiente de caos y desastre nacional se sentía en esos momentos como un significativo presagio. Con Adolfo Castañón, William Ospina, Fernando Herrera, Consuelo Gaitán, Pedro Serrano, Fabio Jurado, Piedad Bonnet, José Ramón Ripoll, Fernando Quiróz y Santiago Mutis, hijo mayor del poeta, y otros amigos, sentimos durante esos días una profunda hermandad generacional. Nunca pensamos que Mutis se iría tan pronto, menos de un mes después del homenaje, el domingo 23 de septiembre en la tarde. Pensamos que era un "roble" que podía estar con nosotros unos años más.

Su obra no es de entretenimiento sino de revelación y guía para enfrentar el desastre. Castañón y Serrano vinieron de México, Ripoll de Cádiz. Y en el primer panel destacaron al amigo Mutis. Ese hombre para quien la amistad es una forma de guardar para siempre el niño que llevamos dentro. Cada uno contó esos instantes del encuentro y el camino vivido con él, como un amigo mayor cuyo afecto y complicidad literarias nos hizo a todos mejores. En las espléndidas palabras de Castañón al presentar la edición especial de la Reseña de los hospitales de ultramar, escrita a los 25 años, destacó que ya todo estaba dicho allí. En esos primeros poemas ya había marcado sus pautas y las líneas de su vasta obra.

Mutis escribió por necesidad. Dijo lo que tenía que decir y se silenció en la última década. Hubiera podido seguir con la saga de Maqroll el Gaviero, crear una exitosa serie, pero no era el caso. Ese gran tratado de preparación a la muerte fue su obra compacta con vasos comunicantes entre la poesía y la prosa. Su hijo Santiago, que es un poeta y un sabio, destacó que Mutis había tenido una bella amistad con la parca. A lo largo de su vida habló con ella y la hizo su amiga. La muerte, la naturaleza y el deseo son los centros primordiales de su poesía y su narrativa, los tres ejes fundamentales de su poética.

Estar ahí esos días como un grupo de hermanos en la cofradía mutisiana, fue una experiencia que cobra ahora mucho más relieve con la partida de ese clásico. Todos los días hacia la noche nos reuníamos mientras cundía la incertidumbre del país por el paro y las manifestaciones. Y en las noches al calor del vino vivíamos una especie de febrilidad mutua que presagiaba en nosotros todos, sin saberlo, el pronto fin de El Gaviero. Como dijo Santiago Mutis, fue increíble que el homenaje ocurriera "segundos antes" de su viaje final.

Y cobra mayor fuerza porque caminamos por las calles que transitó de joven y donde se formó como poeta al lado de maestros como Luis Cardoza y Aragón y Eduardo Carranza y en las tertulias de los cafés bohemios de entonces. Mutis se formó como poeta en las calles y los cafés céntricos de la ciudad antes de la tragedia del 9 de abril de 1948. Caminando por esas calles hoy decrépitas, uno podría imaginar al joven Mutis conversando con los poetas de su generación. Por ahí cerca estudiaba el bachillerato, que abandonó por el billar y la poesía. Por allí celebró el homenaje al gastrónomo francés Brillat Savarin y vivió la aventura de la amistad. Esa vida bohemia bogotana terminó para él pronto, pues tuvo que irse del país para México, donde vivió 60 años de sus nueve décadas de vida, pero esa ya es otra larga historia. Por fortuna tuvo que irse del país, porque esa vida bohemia de Bogotá se devoró a varias generaciones de poetas y escritores.

Mutis pasó la infancia en Bruselas y cada año viajaba en transatlánticos a la tierra caliente. Salía de Hamburgo o Le Havre en esos enormes barcos de entreguerras con su padre Santiago, que era diplomático en Bruselas y su madre Carolina Jaramillo, y cruzaban el Atlántico hasta el Canal de Panamá. De un lado estaba ese viejo mundo europeo con sus catedrales góticas, castillos reales, viejas ruinas romanas y medievales, avenidas y urbes magníficas que siempre constituyeron sus fantasmas infantiles de húsares y monarcas y al otro lado tierra caliente con la enfermedad, el sopor, los mosquitos, y la muerte.

En muchos de los poemas habla de los cafetales, del río, de los aguaceros. Y mucho después en su obra narrativa, en La mansión de Araucaíma, La nieve del Almirante, Un bel morir y Amirbar vuelve siempre a esos lugares, los recorre, los aborda desde todas las aristas posibles. Primero la certeza de que no somos nada frente a esa naturaleza y que como los animales muertos que lleva La creciente seremos devorados por ella y que el destino "inapelable" es la muerte.

Maqroll el Gaviero es el viajero, el judío errante, que viaja y emprende las más inverosímiles aventuras sin la más mínima esperanza de éxito. Inicia empresas y actividades muchas veces ligadas a la ilegalidad, porque no hay de otra. Comercia con los hombres aunque no cree en la humanidad y es escéptico sobre sus designios, pero no juzga al hombre y sus crímenes y traiciones. Maqroll deambula en esa naturaleza feraz, recorre ríos en planchones, llega a puertos infelices y sórdidos, sube por las montañas y se protege de la lluvia bajo los platanales, se encuentra en esos parajes con el ejército o los guerrilleros o los traficantes y al final siempre se salva para contar esas aventuras.

Además de la muerte y la violencia, es el deseo la arteria y sistema sanguíneo de su obra. Las mujeres, sus cuerpos, belleza, sabiduría, complicidad y talento están siempre presentes en figuras como Amparo María, Flor Estévez, Ilona y Doña Empera, las hermanas Vacaresco. Todos esos personajes femeninos son fundamentales y el deseo que corroe a Maqroll, esa sensación "de mariposas desbocadas en el esófago" que es según él el amor, está descrita con maestría. Las escenas de amor, la descripción de los cuerpos, la sensación posterior al coito, recorren los caminos de su poesía y su prosa. Y ese deseo, el sexo, están ligados a la enfermedad y la muerte, la presagian. La muerte que al fin llego por él para llevarlo al viaje permanente del olvido hacia el que todos vamos.



vendredi 16 août 2013

CONVERSACIONES CON LORD BYRON


Por Eduardo García Aguilar
No estamos lejos de la era romántica, pese a que han pasado dos siglos. En estos días, en el antiquísimo Pasaje Vivienne, frente a la vieja Biblioteca Nacional y en el mismo lugar donde vivió Bolívar entre 1804 y 1806, un librero de cabello cano despeinado, especializado en mapas antiguos, ofrecía a precios irrisorios libros recién rescatados de los sótanos o las buhardillas de su tienda, mientras se realizaban trabajos en su negocio.
Ofrecía para desembarazarse y abrir espacio ediciones de los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX a sólo dos euros cada una a los curiosos que cruzamos por ahí hacia las librerías de viejo más antiguas de la ciudad sobrevivientes en manos de sus lejanos herederos.
Entre los volúmenes encontré una bella edición ilustrada de Hojas de Hierba de Walt Withman con prólogo de Carl Sandburg y, para mi sorpresa, un pequeño volumen doble encuadernado de 1827 que incluye las Conversaciones de Lord Byron (1788-1924) con el capitán Thomas Medwin y parte de su correspondencia.
El volumen pertenece a las obras completas publicadas por Ladvocat y Delangle Hermanos, en la traducción en boga de Amédée Pichot, quien contribuyó con esmero a la difusión del romántico inglés en Europa, donde la lengua francesa era la predominante.
Adherida al libro hay una hoja escrita con aplicada letra caligráfica en pluma de ganso que dice « Byron Conversaciones 2 » y de repente me doy cuenta que en volúmenes idénticos, hermanos de esa edición canónica, los románticos franceses y europeos leyeron al mítico Lord. O sea que el libro que tengo en mis manos es uno de los que circularon en esa época y leyeron Nerval o Victor Hugo y ahora lo puedo llevar a casa por dos euros.
El hombre me dice que puedo llevarme 7 libros por diez euros si quiero, pero no tengo tiempo en medio de la helada que cubre a la ciudad este febrero, para sentarme a revisar el túmulo de libros que yace en el suelo de la galería cartográfica. Me contento pues por ahora con llevarme el volumen de Withman, la edición de Byron y, al azar, una edición hecha en Brujas de La conquista de Contantinopla, escrita por un cruzado del siglo XII.
Muchas de las obras de los poetas románticos son hoy difícilmente accesibles a nuestro gusto e incluso la misma obra de Byron, Childe Harold o Don Juan, ha tomado ciertos golpes del tiempo, pero las Conversaciones con Medwin es un libro sincero que nos entrega una imagen real del héroe muerto en Missolonghi, Grecia.
Como en el caso del famoso libro de Peru Lacroix sobre Bolívar, donde vemos a la leyenda en su vida cotidiana en Bucaramanga, con Medwin accedemos a un Byron de carne y hueso, descrito con lujo de detalles cuando disfrutaba de uno de esos momentos de errancia por Italia, en su aspecto físico, agradable trato, extremada inteligencia, memoria excepcional, rencores y fragilidad sentimental.
Como tantos aristócratas románticos de la época se desplazaba por el continente con una caravana de carrozas cargadas con su biblioteca, muebles, objetos personales y cuando se detenía en algún lugar lo vemos en su cotidianidad atormentada, atraído por alguna bella, quejándose de la incomprensión de los suyos o doliéndose del fracaso de su vida matrimonial, sus líos financieros y la ausencia de su hija.
Se trata, como casi todos los románticos, de seres rebeldes, maniaco-depresivos y megalómanos, imbuidos como era de rigor por la búsqueda de la gloria y la necesidad de hacer proezas militares y literarias capaces de subirlos al trono de mármol de la posteridad.
Su vida de famoso transcurre de ciudad en ciudad y de país en país abierta a las costumbres y bellezas paisajísticas y arquitectónicas que pueden ser observadas con tiempo a diferencia de los impertinentes turistas que ya existían entonces y viajaban coleccionando instantes sin tener tiempo para digerirlos.
Byron, Keats, Coleridge, Shelley, Nerval, Hugo, Novalis, Goethe, Holderlin, Von Kleist. La mayoría son letrados ricos de las tierras frías que bajan hacia los climas más benévolos del Mediterráneo en busca de ruinas romanas, vestigios renacentistas, sensualidad latina y el espiritu jugetón y hedonista de las poblaciones marcadas por el sol.
En cada lugar encuentran interlocutores ilustrados y ricos con quienes realizan veladas inolvidables, en medio de las delicias culinarias y la degustación de vinos regionales, al calor de los cuales discuten sobre los rumbos políticos del continente y del mundo y hablan de las obras literarias del pasado y las intrigas de la literatura actual. Todos ellos son hipersensibles, se involucran en batallas perdidas y mueren en el campo de batalla como él, en duelos, o ahorcados como Nerval.
Es difícil definir a ese movimiento que nace, muere y renace al vaivén de las generaciones. Robert Kanters dice que «parecido en toda Europa y sin embargo proteiforme, el romanticismo desanima la definición porque hay en él una mezcla de actitud literaria y espiritual». Es « la reacción y la revancha de la totalidad del hombre contra la tiranía de uno de sus componentes », o sea que sería la venganza del sentimiento frente al auge de la racionalidad o de la máquina. En ese sentido el movimiento pop de los 60, el rock, el arte moderno y mayo de 1968, serían un avatar moderno del romanticismo.
De todos los temas discute Byron con su amigo el capitán y a través de esta versión deliciosa, carente de énfasis o adornos inútiles, tenemos la impresión de estar muy cerca de él y sentir que en estos tiempos de protestas pacíficas mundiales contra los poderes globalizados se está alzando una nueva era romántica contra el poder del dinero, la técnica y las armas.